En el actual escenario político español, asistimos a una intensa batalla judicial protagonizada por sectores de la derecha postfranquista contra un gobierno legítimo, articulada a través de bulos, lawfare y resoluciones judiciales que desafían toda argumentación jurídica racional. Lo paradójico de esta estrategia es que, lejos de debilitar al gobierno señalado, el exceso de señalamiento está generando el efecto contrario: la movilización de los ciudadanos que creen en la democracia conciliadora y el fortalecimiento de aquellos a quienes se pretende destruir. Este fenómeno, lejos de ser una rareza política, encuentra sólidos fundamentos en la psicología social y en la teoría de sistemas.
Cuando un discurso se estructura alrededor del señalamiento reiterado de una persona o institución, se produce una dinámica que trasciende la intención original del emisor. La repetición no solo fija al individuo en la agenda mediática, sino que también puede generar empatía en sectores de la opinión pública que perciben desproporción o insistencia excesiva en el ataque. Desde una perspectiva comunicacional, la presión constante puede traducirse en capital simbólico para el señalado.
Este fenómeno, conocido como efecto boomerang, describe una situación en la que los ataques reiterados contra una figura pública terminan favoreciéndola. Ocurre cuando el mensaje pierde eficacia persuasiva y comienza a generar rechazo o duda en la audiencia, especialmente si se percibe como insistente, desproporcionado o carente de equilibrio. La figura atacada se convierte en referencia obligada del debate, desplazando otros temas y consolidando su centralidad.
A este mecanismo se suma la reactancia psicológica, un concepto acuñado por el psicólogo Jack Brehm en 1966. La reactancia es una reacción emocional en contradicción directa a reglas o regulaciones que amenazan o suprimen ciertas libertades en la conducta. Puede ocurrir cuando alguien es fuertemente presionado para aceptar un determinado punto de vista o actitud, causando que la persona adopte o endurezca un punto de vista contrario al intencionado. Cuanto mayor sea la amenaza percibida a la libertad, mayor cantidad de reactancia se activará.
En el contexto español, cuando sectores judiciales y mediáticos señalan de manera insistente al gobierno legítimo, una parte creciente de la ciudadanía percibe esta presión como una amenaza a su libertad democrática, lo que activa mecanismos de reactancia que fortalecen el apoyo al señalado. La percepción de injusticia o persecución activa mecanismos de empatía que fortalecen el vínculo entre el líder y determinados sectores sociales. La figura percibida como víctima puede ganar legitimidad moral, cohesionar apoyos y proyectarse como representante de una causa más amplia.
Los datos confirman que esta percepción no es anecdótica. Según un estudio del Instituto 40dB para EL PAÍS y la Cadena SER, el 65,4% de los españoles considera que en España existe lawfare (guerra judicial), y casi un 60% opina que el poder judicial vigila y sanciona poco o nada a los jueces que hacen mal su trabajo. Solo el 32% cree que las resoluciones sobre asuntos políticos son justas e imparciales. Además, el 34% de los encuestados considera que los jueces favorecen a la derecha, frente al 16% que cree que favorecen a la izquierda.
Estos datos evidencian que la estrategia de señalamiento judicial continuado no solo no está logrando su objetivo de deslegitimar al gobierno, sino que está generando un creciente escepticismo ciudadano hacia el sistema judicial y, paradójicamente, fortaleciendo la narrativa de quienes denuncian una persecución política.
Frente al modelo de confrontación permanente que promueven los grupos fácticos que se creen propietarios desde el «Estado profundo», la ciencia nos muestra que la naturaleza misma opera por cooperación, no por oposición. Lynn Margulis, una de las biólogas más destacadas del siglo XX, desafió la visión dominante de la evolución como un proceso basado principalmente en la competencia entre especies. En su libro Adquiriendo Genomes (2002), Margulis argumenta que la cooperación es el aspecto fundamental de la evolución.
Según su teoría, el verdadero impulso de la vida está en la capacidad de las especies de colaborar y establecer relaciones simbióticas. La simplicidad inicial de la vida dio paso a formas más complejas a través de la simbiosis, una fusión de dos entidades para crear una nueva forma de vida. Este proceso no solo dio lugar a la diversidad de vida que vemos hoy, sino también a una gran eficiencia y adaptabilidad. La teoría endosimbiótica de Margulis, propuesta en 1967, sostiene que las células eucariotas (complejas) evolucionaron a partir de la cooperación entre organismos más simples.
Los organismos, según Margulis, no son simples «vehículos pasivos» para los genes, sino que son autónomos y capaces de construir su propio destino a través de interacciones colaborativas. Este principio se extiende a la organización social: las sociedades humanas, como los ecosistemas naturales, son sistemas complejos que se mantienen mediante mecanismos de autoorganización y homeostasis, donde el equilibrio se alcanza a través de la cooperación y no de la confrontación permanente.
La democracia es, en esencia, un sistema de reglas establecidas y respetadas por todos los participantes, donde existen reglas mínimas de cooperación entre opuestos. Como señala Naciones Unidas, la organización promueve la democracia mediante la promoción de los derechos humanos, el desarrollo, la paz y la seguridad, y el diálogo y la cooperación. El diálogo es un método democrático cuyo objetivo consiste en resolver problemas mediante concesiones y entendimiento mutuo, y no mediante la imposición.
Lo que estamos presenciando en España—con sus terminales judiciales, mediáticas y grupos de presión—es exactamente lo contrario: una estrategia de confrontación permanente que, lejos de fortalecer la democracia, la erosiona. Todas las manipulaciones y presiones que están ejerciendo los grupos fácticos que se creen propietarios del «Estado profundo» solo pueden provocar un enfrentamiento donde el odio sea el leitmotiv y la violencia emerja sin control.
Digan lo que digan los agoreros del fin del mundo en el sistema español y, por ende, europeo y mundial, solo el diálogo y los acuerdos han traído una época de prosperidad que nos estamos cargando por culpa de los de siempre: los que quieren tener más, los que quieren acumular más y los que quieren eliminar al diferente y a los que no piensan como ellos.
La ciencia nos muestra que la cooperación es el motor de la evolución y la clave de la resiliencia. La historia nos enseña que las sociedades que han prosperado han sido aquellas capaces de construir consensos y respetar las reglas del juego democrático. La estrategia del señalamiento excesivo, alimentada por el lawfare y la guerra judicial, no solo es contraproducente—como demuestran el efecto boomerang y la reactancia psicológica—sino que amenaza con destruir el tejido social que sustenta nuestra convivencia.
Frente a ello, la respuesta no puede ser la confrontación, sino la defensa firme de los valores democráticos, el diálogo y la cooperación. Como nos recuerda la biología, la vida misma se sostiene sobre la simbiosis y la colaboración. Nuestras democracias no pueden permitirse olvidar esta lección fundamental.
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