lunes, 10 de agosto de 2026

Desmontando a los mercenarios

 


El bombardeo mediático contra los pilares del Estado socialdemócrata es incesante y sigue un patrón cada vez más predecible. Cada cierto tiempo, un medio de comunicación —casi siempre el mismo— lanza una pieza que, bajo una supuesta rigurosidad económica, cuestiona el derecho a la baja laboral, la jubilación o cualquier otro mecanismo de redistribución. La última entrega de esta serie la firma Pilar García de la Granja en la COPE, donde se alerta del «coste colosal» del absentismo laboral. Pero antes de abordar sus afirmaciones, es imprescindible realizar una aclaración epistemológica: la economía, tal y como se practica en estos foros, no es una ciencia en el sentido estricto del término. No lo digo en un sentido despectivo, sino descriptivo. La economía es, en gran medida, una seudociencia. Dependiendo de tu posicionamiento ideológico y epistemológico, podrás manipular las fórmulas y los datos para que demuestren «a posteriori» aquello que estabas predicando. La cuestión no es si los números mienten, sino quién los interpreta y con qué fin.

Este es el núcleo del problema. Cuando un analista o economista parte de supuestos capitalistas —y del liberalismo económico más ortodoxo—, su argumentación oscila siempre en torno a una misma cantinela: los trabajadores tienen demasiados derechos. Enfermedad, pensión, vacaciones, estabilidad en el empleo... todo ello es percibido como una carga que los «pobres» empresarios deben soportar. Se nos presenta a los empresarios como creadores de riqueza y generadores de empleo que, por el mero «riesgo» de haber invertido, merecen quedarse con la plusvalía generada por el trabajo ajeno. Esta narrativa, sin embargo, se desmorona cuando el investigador se atiene al método científico y analiza la realidad sin gafas ideológicas.

Comencemos, pues, desmontando la figura de la propia mensajera. Pilar García de la Granja es presentada como una «experta económica», pero su formación académica es en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Es periodista, no economista. Una periodista que, además, tiene una militancia política declarada, pues figura como afiliada al Partido Popular. Su trayectoria profesional, desarrollada en medios como el Grupo Intereconomía, Mediaset o la propia COPE, no es la de una investigadora independiente, sino la de una comunicadora al servicio de una línea editorial claramente definida. Esto no es un ad hominem gratuito; es un dato crucial para entender el origen y la intencionalidad de sus mensajes. Cuando alguien con este perfil y esta vinculación mediática habla del «coste del absentismo», no está haciendo ciencia, está haciendo política con datos sesgados.

Y ¿cuáles son esos datos? Según García de la Granja, el absentismo se ha duplicado en la última década, alcanzando una tasa del 7% en 2025, con un coste que resta un 6% al PIB. Su argumento más llamativo, y el que más juego da a los titulares, es que el perfil del absentista es el trabajador con contrato indefinido y salario medio, ya que la estabilidad «reduce el miedo a perder el empleo». La conclusión que se desprende de su análisis es perversa: la seguridad laboral es un problema porque «facilita» que los trabajadores ejerzan su derecho a la baja médica. La solución que propugna, coherente con su ideología, es la de reducir los salarios durante las bajas para desincentivar su uso, argumentando que «si estás enfermo y ganas lo mismo, qué vas a hacer». Es decir, se asume que el trabajador medio es un simulador que prefiere cobrar estando enfermo que trabajar sano. Se criminaliza al enfermo y se señala su derecho como un fraude.

Esta afirmación, sin embargo, no se sostiene ni siquiera con la propia lógica de los datos que ella maneja. Señala que el absentismo es más frecuente en mujeres y que los autónomos apenas recurren a la baja porque el coste recae directamente sobre ellos. Esto no demuestra un «abuso», sino una realidad estructural: las mujeres soportan una mayor carga de cuidados no remunerados que impacta en su salud; y los autónomos, al no tener una red de protección social que cubra sus bajas, se ven forzados a trabajar enfermos por pura necesidad. Esa no es una virtud del sistema, es una condena.

La visión de García de la Granja es la del economista mercenario que describe el panfleto ideológico del capitalismo. Pero la realidad, cuando se analiza al amparo de las investigaciones de auténticos economistas científicos, es radicalmente distinta. Economistas como Joseph Stiglitz, premio Nobel, o Thomas Piketty han dedicado su carrera a desmontar las falacias de esta predicación neoliberal. Stiglitz sostiene que la desigualdad no es una consecuencia inevitable del capitalismo, sino el resultado de fallos sistémicos en las políticas, de comportamientos de búsqueda de rentas (rent-seeking) y del abuso del poder de mercado. No es una ley natural, es una construcción política.

Piketty, por su parte, ha demostrado empíricamente que el capitalismo, en su estado puro, tiende de forma inherente a la concentración de la riqueza, generando una desigualdad que amenaza los cimientos de nuestras sociedades. Ambos coinciden, junto a más de 360 economistas internacionales, en un diagnóstico demoledor: «Vivimos en una era de escasez fabricada». La pobreza y la desigualdad «no son accidentes», sino «resultados previsibles de decisiones de política pública». El modelo económico actual, basado en el mito del crecimiento infinito, no es más que una máquina extractora de riqueza que la acumula en manos de una ínfima minoría, al tiempo que empuja al planeta más allá de sus límites. No se trata de crisis separadas, sino de los «síntomas de un modelo económico que ha llegado al final del camino».

Volviendo al origen de este artículo, cuando García de la Granja y sus terminales mediáticos lloran por el coste del absentismo, lo que realmente están defendiendo es el derecho del capital a apropiarse sin cortapisas de la riqueza generada por el trabajo. El derecho a la baja laboral, a la pensión o a las vacaciones no es un «privilegio» ni un «gasto» que los empresarios generosamente conceden. Es la recuperación, por parte de los trabajadores, de una pequeña fracción de las ingentes cantidades de plusvalía que les han sido absorbidas a lo largo de años de trabajo. Esa plusvalía es el fruto de dedicar su vida y organizar su tiempo para contribuir a que el empresario construyera su sueño. El trabajador no es un socio, es una persona que vende su fuerza de trabajo, pero que también organiza su vida, su vivienda y el tiempo que dedica a sus seres queridos en función de las necesidades de un proyecto ajeno.

Los trabajadores, al poner su vida al servicio de la producción, no están «costando» dinero; están generándolo. Los derechos adquiridos, fruto de décadas de lucha social, no son un lastre para la economía, sino el único escudo que impide que el capitalismo devore por completo a la sociedad. Son el mecanismo que permite que una parte de la riqueza que ellos mismos crean retorne a sus bolsillos en forma de bienestar. Despojarles de estos derechos en nombre de la competitividad y la productividad no es más que un nuevo y descarado episodio de extracción de riqueza.

Es por ello que los auténticos economistas científicos, los Stiglitz, los Piketty y todos aquellos que se ciñen al método y no a la ideología, deberían salir en tromba a desmontar estas mentiras. Cada vez que un medio de comunicación, al servicio de los grandes intereses económicos, publica un dato sesgado sobre el «coste» de los derechos sociales, está contribuyendo a fabricar una realidad que justifica el desmantelamiento del Estado de bienestar. La batalla es epistemológica antes que económica. Mientras no se exponga la naturaleza seudocientífica de estos análisis y la agenda política que esconden, seguiremos asistiendo a la misma farsa: señalar al trabajador como el problema, cuando la verdadera amenaza es un sistema que ha convertido la extracción de riqueza en su único objetivo. La economía no es una ciencia dura, es un campo de batalla ideológico. Y en esta batalla, la verdad debe abrirse paso entre el ruido de los mercaderes.

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