jueves, 27 de agosto de 2026

¿Por qué lo llaman cambio climático cuando lo que quieren decir es que el capitalismo nos ha jodido a todos?

En 1972, cuando el mundo aún no había oído hablar del cambio climático como una amenaza existencial, un grupo de científicos del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) encargado por el Club de Roma publicó un informe titulado Los límites del crecimiento. Liderados por la biofísica Donella Meadows y basándose en el trabajo del pionero de la dinámica de sistemas Jay Forrester, los autores utilizaron un modelo de simulación computacional llamado World3 para analizar las interacciones entre cinco subsistemas globales: población, capital industrial, producción de alimentos, recursos naturales y contaminación. Su conclusión fue tan sencilla como inquietante: en un planeta finito, el crecimiento exponencial de la población y la economía no es sostenible. Si se mantenía la tendencia de «negocio como siempre», el colapso de la producción industrial y agrícola, seguido de un brusco decrecimiento demográfico, era inevitable antes de que finalizara el siglo XXI. Han pasado más de cincuenta años y, como han confirmado estudios posteriores, las proyecciones del escenario más pesimista del informe son las que más se aproximan a la trayectoria real que hemos seguido. El problema no es que el informe se equivocara; el problema es que no le hicimos caso.

Pero el capitalismo, en su infinita capacidad para absorber y neutralizar cualquier crítica, no ignoró el informe. Lo que hizo fue más sutil y, a la postre, más destructivo: lo cooptó. Nació así el relato del  «desarrollo sostenible», una fórmula magistral que prometía conciliar el crecimiento económico infinito con la preservación del planeta. Era una contradicción en sus propios términos, pero resultó extraordinariamente útil. Permitió a las grandes corporaciones y a los gobiernos seguir con su actividad extractiva mientras maquillaban su imagen con campañas de responsabilidad social corporativa, bonos verdes y mercados de carbono. El «capitalismo verde» se convirtió en la narrativa hegemónica, una suerte de indulto ecológico que postulaba que la tecnología y la innovación nos salvarían sin necesidad de tocar las estructuras de poder que nos han llevado al abismo. Es el espejismo de un crecimiento infinito en un mundo de recursos finitos, la gran mentira que nos ha permitido seguir consumiendo el planeta a un ritmo que supera su capacidad de regeneración, mientras nos tranquilizamos con la idea de que algún invento milagroso resolverá el problema.

La realidad, sin embargo, es tozuda. El cambio climático no es un fenómeno natural ni un accidente. Es la consecuencia directa y predecible de un modo de producción que tiene en la extracción de plusvalía y en el crecimiento perpetuo su razón de ser. No es la humanidad en abstracto la que está calentando el planeta; es un sistema económico concreto que, para funcionar, necesita quemar combustibles fósiles, talar bosques, extraer minerales y producir bienes en cantidades ingentes, independientemente de que sean necesarios o no. Es el capitalismo, en su fase más depredadora, el que ha convertido el carbono fósil en el principal motor de la acumulación de riqueza. Y lo ha hecho con una eficiencia pasmosa: en poco más de dos siglos, la concentración de CO₂ en la atmósfera ha pasado de 280 a más de 420 partes por millón, un nivel que no se registraba en la Tierra desde hace tres millones de años. El resultado es que 2024 fue el primer año completo en el que la temperatura media global superó en 1,5 °C los niveles preindustriales, rebasando ya el objetivo más ambicioso del Acuerdo de París. No es una advertencia; es una constatación.

Frente a este panorama, la única respuesta que ofrece el discurso dominante es más de lo mismo. Más crecimiento, más tecnología, más innovación. Y, en su versión más delirante, la fantasía de los «tecnobros» de colonizar Marte o la Luna. Es la coartada definitiva: si destrozamos este planeta, siempre podremos ir a otro. Pero este argumento no se sostiene ni siquiera desde una perspectiva de ciencia ficción. Marte carece de magnetosfera y de una atmósfera respirable, lo que expondría a cualquier colono a niveles letales de radiación cósmica. El coste energético y material de terraformar el planeta rojo sería astronómico, y las emisiones de CO₂ generadas por los lanzamientos espaciales necesarios para transportar los materiales y las personas harían aún más irreversible la destrucción de nuestro propio hogar. No se trata de una alternativa; es una coartada para no afrontar el problema real. Es la negación del sentido común elevada a categoría filosófica: «ya que hemos roto la nave, busquemos otra». Pero la nave Tierra no tiene tubo de escape.

Hay, sin embargo, una tradición de pensamiento que, desde hace décadas, ofrece una respuesta radicalmente distinta. Es la corriente del decrecimiento, que no propone la pobreza ni el retorno a las cavernas, sino la planificación consciente de una reducción de la producción y el consumo en los países del Norte para poder vivir dentro de los límites biofísicos del planeta. Los defensores del decrecimiento sostienen que no se puede crecer indefinidamente en un mundo finito, y que la obsesión por el PIB como indicador de bienestar es no solo insostenible, sino intelectualmente fraudulenta. Su propuesta no es una utopía, sino un imperativo de supervivencia. Los límites planetarios —nueve variables que regulan la estabilidad del sistema Tierra, como el cambio climático, la acidificación de los océanos o la pérdida de biodiversidad— ya han sido sobrepasados en seis de ellos. La ciencia es clara: el margen de maniobra se agota. El decrecimiento no es una opción ideológica; es la única respuesta racional a una crisis que es, ante todo, material.

Y, sin embargo, el discurso oficial sigue insistiendo en que el problema se resuelve con más mercado. Se nos dice que los impuestos a los ricos ahuyentan la inversión, que la regulación ambiental destruye empleo y que la solución pasa por la «economía verde», que no es más que la versión ecológica del mismo capitalismo depredador. Pero la historia reciente nos ofrece una lección que no deberíamos olvidar: el Protocolo de Montreal. Firmado en 1987, este acuerdo internacional logró eliminar progresivamente más del 99 % de las sustancias que agotaban la capa de ozono. Gracias a la cooperación internacional y a la acción coordinada, el agujero de la capa de ozono se está cerrando y se espera que se recupere por completo a mediados de este siglo. Es la prueba irrefutable de que la humanidad es capaz de afrontar una amenaza global cuando la ciencia y la política se alinean. No es un sueño; es un hecho histórico. Si pudimos hacerlo con el ozono, ¿por qué no vamos a poder hacerlo con el CO₂?

La respuesta es política, no técnica. El Protocolo de Montreal afectaba a un sector relativamente pequeño de la industria química. El cambio climático, en cambio, afecta al corazón mismo del sistema económico: la energía, el transporte, la industria, la agricultura. No se trata de sustituir un gas por otro en los aerosoles; se trata de reestructurar por completo el modo en que producimos, consumimos y nos relacionamos con la naturaleza. Y eso, inevitablemente, choca con los intereses de quienes se benefician del statu quo. Por eso, el cambio climático no se llama «crisis del capitalismo». Se llama «cambio climático» porque es más fácil de vender, más neutro, menos incómodo. Pero la realidad, desnuda y sin adornos, es que el capitalismo nos ha jodido a todos. Ha convertido el planeta en una mercancía más, ha externalizado sus costes sobre los más vulnerables y ha hipotecado el futuro de las próximas generaciones en aras de un beneficio inmediato.

La buena noticia es que sabemos lo que hay que hacer. La mala es que no parece que vayamos a hacerlo. Pero la historia no está escrita. El decrecimiento sostenible no es una profecía apocalíptica, sino una hoja de ruta. Implica repensar el trabajo, redistribuir la riqueza, reducir la jornada laboral y consumir menos pero mejor. No es una receta para la austeridad, sino para la abundancia en un sentido más amplio: más tiempo, más comunidad, más vida. El cambio climático es el síntoma de una enfermedad más profunda: la de un sistema que ha hecho de la acumulación su único fin. Y como cualquier enfermedad, requiere un diagnóstico certero y un tratamiento radical. La Tierra no tiene otro planeta de repuesto. Es ahora o nunca.

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