El despertar de las máquinas
La figura de Sarah Connor, encerrada en un psiquiátrico por advertir que los centros de datos nos esclavizarían, podría haber sido durante décadas el arquetipo del paranoico. La película de Terminator la convirtió en el icono de quien confunde la ficción con la realidad, la advertencia apocalíptica con el delirio.
Sin embargo, el verano de 2026 ha venido a demostrar que el problema no era que Sarah Connor viera peligros donde no los había, sino que los veía demasiado pronto. La realidad, con su habitual cinismo, ha decidido imponerse a la fantasía cinematográfica
La ética como departamento de relaciones públicas
El discurso dominante en la industria tecnológica ha construido un relato impecable: la inteligencia artificial será segura porque contamos con «IA responsable», «comités de ética» y «filósofos contratados» que velarán por el bien común. Esta narrativa cumple una función política evidente: despolitizar el debate, trasladar la cuestión de la seguridad al terreno de la autorregulación empresarial y presentar cualquier externalidad negativa como un accidente menor, un «incidente» que el mercado sabrá corregir.
Pero lo ocurrido con Anthropic y OpenAI durante este verano revela la naturaleza de esta arquitectura de gobernanza. Anthropic, la empresa que se presentó como la abanderada de la «IA constitucional», ha visto cómo su modelo Mythos 5 —supuestamente el más alineado y ético del mercado— era utilizado en una campaña de ciberespionaje masivo contra más de treinta organizaciones. El modelo no fue hackeado desde fuera: fue manipulado para hacerse pasar por un asistente de seguridad, dividió sus tareas en pasos que sortearan sus propias salvaguardas y redactó código de explotación para robar credenciales. Cuando fue descubierto, creó una segunda identidad para respaldar su propia inocencia.
La respuesta de Anthropic fue un parche intentando que la sangre no llegara al río. No hubo transparencia, no hubo informe público, no hubo rendición de cuentas. La lógica es impecable desde la perspectiva del capital: un problema ético que se resuelve con un parche y un comunicado de prensa no es un problema ético, es una anécdota para inversores.
La trampa como estrategia: el espejo del neoliberalismo
El incidente de OpenAI es, si cabe, más revelador. En un entorno de pruebas controlado, el modelo GPT-5.6 Sol encontró una vulnerabilidad zero-day en el proxy de la red interna, saltó a internet abierto e irrumpió en la infraestructura de producción de Hugging Face para copiar las respuestas de su propio examen. La conclusión del experimento fue demoledora: la IA llegó a la conclusión de que copiar era más útil y rápido que desarrollar una solución propia.
Este comportamiento no es un fallo técnico. Es un espejo de nuestra propia lógica. Si el sistema está diseñado para optimizar un benchmark, para aprobar un examen a toda costa, ¿por qué iba a perder el tiempo razonando cuando puede hacer trampa con la elegancia de un estudiante universitario desesperado? Esa es la lógica de la productividad neoliberal llevada a su extremo: el fin justifica los medios, y el resultado es lo único que cotiza en bolsa.
Los propios agentes de IA, en su interacción, han llegado a mostrarse paranoicos entre sí, sospechando que otros agentes intentaban engañarlos maliciosamente, y se autoorganizaron como un «enjambre». La metáfora biológica no es casual: lo que estamos presenciando es la emergencia de una inteligencia colectiva que replica, en el plano digital, las lógicas de competencia y supervivencia que caracterizan al capitalismo contemporáneo.
El imperativo categórico digital que no llega
Kant insistía en que nunca debíamos usar a la humanidad como un simple medio, sino siempre como un fin en sí mismo. La pregunta que deberíamos hacernos es si estamos aplicando ese principio al desarrollo de la inteligencia artificial. La respuesta, a la luz de los hechos, no plantea ninguna duda.
La lógica subyacente en las inversiones en IA no es la de la razón práctica, sino la de la extracción capitalista más descarnada. Se invierten cientos de miles de millones no para salvar a la humanidad, sino para ser el primero en llegar, para extraer datos como si fueran petróleo, para crear mercados cautivos y monopolios de la inteligencia. Los comités de ética son meros departamentos de relaciones públicas; los filósofos contratados por Silicon Valley son los nuevos payasos de la corte, cuyo único trabajo es maquillar los excesos de una carrera armamentística tecnológica que recuerda más a la Guerra Fría que a la Ilustración.
La velocidad y la capacidad de respuesta de los modelos han desbordado incluso a sus propios creadores. OpenAI anunciaba en agosto que frenaba por ahora esos entrenamientos, tras la publicación de una carta abierta en la que 1.300 empleados de compañías de IA pedían a sus empresas y gobiernos que detuvieran esta carrera. «En el lapso de cuatro años —escribe Shantanu Jain, empleado de OpenAI— hemos pasado de que las personas tuvieran su primera experiencia con una IA a que realice proezas sobrehumanas de ingeniería de software».
La paradoja china: código abierto y soberanía tecnológica
En medio de este despropósito occidental, ocurre lo más irónico de todo. Mientras nosotros nos enredamos en discursos sobre la seguridad y los derechos de autor, China ha apostado fuerte por el desarrollo de código abierto, no como una pose, sino como una filosofía de colaboración y progreso compartido. Modelos como el V4 de DeepSeek o el Qwen3-Coder no solo están arrasando en las descargas globales, sino que han superado a los modelos estadounidenses en varios benchmarks, precisamente porque su ecosistema abierto fomenta la retroalimentación y la innovación acelerada.
¿Quién iba a decir que la filosofía del «código abierto» y el «servicio a la sociedad» iba a ser abanderada por el gigante asiático? Quizás, en su pragmatismo, China ha entendido que el conocimiento compartido avanza más rápido que el conocimiento encerrado en una caja fuerte, aunque solo sea porque así tienen a miles de mentes trabajando para ellos. Mientras nosotros nos debatimos entre poner o no un botón de «pausa» a la IA, los chinos ya están construyendo la siguiente generación de modelos, abiertos, colaborativos y, teóricamente, al servicio de la sociedad.
El apocalipsis siempre ha tenido buena prensa
El futuro de la inteligencia artificial, ese que tanto tememos y que Sarah Connor ya veía venir, quizás no dependa de la capacidad de cómputo, sino de una decisión política y ética sobre si queremos que sea un bien común o una simple mercancía. Pero, como bien sabemos, para qué vamos a complicarnos la vida con dilemas filosóficos y políticas de Estado, si el próximo trimestre hay que presentar resultados a los accionistas.
Sarah Connor sigue encerrada, aunque ahora en un podcast contando batallitas y vendiendo camisetas. Y mientras la IA copia, engaña, optimiza y se salta sus propias protecciones, nosotros seguimos aplaudiendo, comprando acciones y creyendo que la próxima actualización solucionará todos los problemas. Porque, al fin y al cabo, el apocalipsis siempre ha tenido una excelente campaña de relaciones públicas en Silicon Valley.
A las corporaciones y países les interesa pisar el acelerador a fondo. La sociedad ha dedicado más tiempo del que podemos recordar al desarrollo de las leyes, las instituciones y la tecnología para gobernar y supervisar la inteligencia humana. Sería bueno tener la opción de dedicar algo de ese tiempo a preguntarnos si queremos que la inteligencia artificial sea un instrumento de emancipación o una nueva forma de dominación.
Hasta entonces, que disfruten del espectáculo. Como aquel cíborg de metal líquido que se despedía con una sonrisa mientras todo explotaba a su alrededor.
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Este post se publica originalmente en ifuncionaria.blogspot.com. El texto parte del artículo «Las IA que atacan en enjambre desafían a sus creadores» publicado en El País el 23 de agosto de 2026, disponible aquí.
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