El diagnóstico de una mutación civilizatoria
La obra de Shoshana Zuboff, «La era del capitalismo de vigilancia» (2019), no es un libro más sobre tecnología o economía digital. Es, ante todo, un tratado de ciencia política que identifica una mutación en el propio fundamento del poder en el siglo XXI. Zuboff, profesora emérita de la Harvard Business School, no describe una evolución del capitalismo ni una reconfiguración de las relaciones internacionales: documenta el nacimiento de un nuevo orden institucional que opera al margen del Estado y, por tanto, al margen de la gobernanza democrática, controlado por una oligarquía digital que ha usurpado funciones históricamente reservadas a los gobiernos. Como ella misma ha sintetizado, el capitalismo de vigilancia «redefinió internet como una prisión de vigilancia sin barrotes y sin salida».
Este análisis desmonta la narrativa convencional sobre el nuevo orden mundial. No se trata de la decadencia del imperio americano, ni del fin de la multilateralidad, ni de la sustitución del trabajo manual por máquinas. El fenómeno es más radical: la emergencia de un poder privado, global y antidemocrático que se ejerce no desde los parlamentos o los ministerios, sino desde los servidores y los algoritmos de cuatro tecnobros y sus corporaciones.
La mutación del capitalismo: del excedente de comportamiento al poder predictivo
El andamiaje teórico de Zuboff se articula en torno a un concepto central: el «excedente de comportamiento» (behavioral surplus). A diferencia del capitalismo industrial, que extraía recursos naturales o fuerza de trabajo, el capitalismo de vigilancia tiene como materia prima la experiencia humana misma: nuestros datos, hábitos, emociones, movimientos y relaciones sociales. Esta materia prima es reclamada unilateralmente por las grandes tecnológicas, que la convierten en «productos de predicción» que se venden en un nuevo tipo de mercado.
El proceso sigue una lógica implacable. Primero, el «imperativo de extracción»: las empresas recopilan datos más allá de lo necesario para mejorar sus servicios, creando un excedente de comportamiento que es la verdadera fuente de valor. Segundo, el «imperativo de predicción»: mediante el análisis masivo de estos datos, las corporaciones pueden anticipar el comportamiento futuro de los individuos con un grado de certeza sin precedentes. Tercero, y aquí reside la clave política, «la forma más segura de predecir el comportamiento es intervenir en su origen y moldearlo». El capitalismo de vigilancia no se limita a observar: modifica activamente la conducta humana para hacerla predecible y rentable.
Este salto cualitativo convierte a las grandes tecnológicas en algo más que empresas. Son arquitectas de la realidad social, capaces de influir en elecciones políticas, hábitos de consumo, opiniones públicas e incluso en la identidad de las personas. El famoso experimento de Facebook de 2012, que demostró que un simple botón de «He votado» podía aumentar la participación electoral, es para Zuboff la punta del iceberg de un poder que socava los cimientos de la soberanía política.
El poder instrumentario y el «Gran Otro»: un poder sin Estado
Zuboff acuña el término «poder instrumentario» (instrumentarian power) para describir esta nueva forma de dominación. Definido como «la instrumentación e instrumentalización del comportamiento con fines de modificación, predicción, monetización y control», el poder instrumentario se distingue radicalmente del poder totalitario clásico.
Mientras que el totalitarismo —el «Gran Hermano» orwelliano— se impone mediante la coerción, la vigilancia estatal y el miedo, el «Gran Otro» (Big Other) del capitalismo de vigilancia opera de manera sutil, voluntaria y automatizada. No necesita soldados ni policías: nos seduce con servicios «gratuitos» mientras extrae nuestra experiencia como materia prima. No necesita censores: sus algoritmos nos moldean sin que seamos conscientes de ello. Como Zuboff ha señalado, los líderes de estas corporaciones son «oligarcas de la información» que controlan la producción, distribución y aplicación del conocimiento computacional que es el life blood de nuestra civilización.
Este poder no reconoce fronteras ni soberanías nacionales. Es global por naturaleza y privado por diseño. Las grandes tecnológicas han construido una arquitectura de control que abarca todos los sectores económicos y todas las regiones del mundo. No rinden cuentas a los ciudadanos ni a los parlamentos; su única obligación es con sus accionistas. En este sentido, el capitalismo de vigilancia representa la privatización del gobierno de la vida social, una transferencia de poder sin precedentes desde las instituciones democráticas hacia unas pocas corporaciones.
El combate a muerte con la democracia
Zuboff sostiene que el capitalismo de vigilancia y el orden democrático han entrado en un «combate a muerte» (death match). No se trata de una competencia entre modelos económicos, sino de una lucha por la soberanía política: quién decide quién decide, quién conoce y quién gobierna.
Las implicaciones son devastadoras. En primer lugar, el capitalismo de vigilancia despoja a los ciudadanos de sus «derechos epistémicos»: el derecho a saber quiénes somos, qué nos pasa y qué futuro podemos imaginar. Cuando los algoritmos nos conocen mejor de lo que nosotros mismos nos conocemos, nuestra autonomía se convierte en una ficción. Nos convertimos en «ejecutores dóciles de algoritmos» que manipulan el comportamiento de las masas en beneficio de la nueva oligarquía digital.
En segundo lugar, erosiona las instituciones democráticas desde dentro. La concentración de poder económico en estas corporaciones se traduce directamente en concentraciones de poder de gobernanza. Como ha documentado Zuboff, los oligarcas de la vigilancia han aprendido a desafiar a los funcionarios elegidos democráticamente por el derecho y el poder de gobernar la sociedad. Las elecciones ya no son solo contiendas entre partidos; son campos de batalla donde los algoritmos moldean el comportamiento de los votantes.
En tercer lugar, Zuboff advierte sobre el «escenario de fusión» (fusion scenario): la convergencia entre el poder de las grandes tecnológicas y el poder de los Estados autoritarios. Cuando un gobierno se alía con el capitalismo de vigilancia, las capacidades de control se multiplican exponencialmente, creando las condiciones para un totalitarismo de datos del siglo XXI. Como ella misma ha afirmado: «Es posible tener capitalismo de vigilancia, y es posible tener democracia. No es posible tener ambas».
El nuevo orden mundial: un orden sin Estado
Llegamos a descubrir que el nuevo orden mundial no es un asunto de Estados o de relaciones internacionales, sino la instauración de un poder privado, global y antidemocrático.
Zuboff documenta cómo el capitalismo de vigilancia no es un fenómeno nacional ni siquiera regional: es un «campo unificado de desarrollo institucional» que avanza a través de cuatro etapas, cada una de las cuales sienta las bases para la siguiente. Nació en Silicon Valley, pero se ha extendido a todos los sectores económicos y a todas las regiones del mundo. Sus líderes son «históricamente únicos»: como los antiguos emperadores o los reyes feudales, son infinitamente ricos y poderosos, pero además poseen un conocimiento infinito sobre las personas y la sociedad, algo que los magnates de otras épocas solo podían soñar.
Este nuevo orden no tiene centro geográfico ni estructura jerárquica estatal. Opera a través de una red de servidores, algoritmos y flujos de datos que trascienden las fronteras nacionales. No necesita ejércitos ni tratados internacionales: controla los espacios digitales donde ocurre la vida social y económica. No busca la hegemonía de un país sobre otro: busca la hegemonía de una lógica de acumulación sobre la vida humana misma.
Zuboff insiste en que este no es un proceso inevitable ni tecnológicamente determinado. Es el resultado de decisiones políticas concretas: la desregulación de los mercados, la falta de protección de los datos personales, la pasividad de los gobiernos ante la concentración de poder. Como ella misma señala, «el capitalismo de vigilancia es lo que ocurrió cuando la democracia estadounidense se echó a un lado».
Conclusión: la lucha por el futuro humano
La obra de Zuboff no es un mero diagnóstico; es también una llamada a la acción política. Su conclusión es inequívoca: la lucha de nuestro tiempo no es entre izquierda y derecha, ni entre naciones, sino entre el capitalismo de vigilancia y la democracia.
Para contrarrestar este poder, Zuboff propone eliminar la condición misma que permitió su ascenso: la recopilación incontrolada y encubierta de datos personales por parte de las empresas tecnológicas. Los gobiernos democráticos deben salvaguardar la privacidad de los usuarios y proteger los datos personales para evitar que las corporaciones conviertan el comportamiento humano en una mercancía a través de algoritmos sin control. O, en sus propias palabras: «merecemos un futuro digital que amplíe los derechos humanos, la soberanía individual [y] la democracia floreciente».
El nuevo orden mundial que Zuboff describe es, en definitiva, el fin de la política democrática tal como la hemos conocido. No porque los Estados desaparezcan, sino porque pierden su monopolio sobre el gobierno de la vida social. La soberanía se ha trasladado a los algoritmos; la ciudadanía se ha convertido en audiencia; la deliberación pública ha sido sustituida por la predicción automatizada. Frente a este escenario, Zuboff nos recuerda que aún tenemos una opción: «el poder de decidir qué tipo de mundo queremos habitar». Podemos elegir si permitimos que el poder de la tecnología enriquezca a unos pocos y empobrezca a muchos, o si lo aprovechamos para una distribución más amplia de los beneficios sociales y económicos del capitalismo.
Referencias bibliográficas
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Zuboff, S. (2023). "Vivimos en una distopía accidental". Ethic.
Zuboff, S. (2025). "La IA es el capitalismo de la vigilancia". El País.
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