jueves, 30 de julio de 2026

La gran hipocresía: la dualidad capitalismo/comunismo

Vivimos en un momento histórico en el que la lógica capitalista se ha naturalizado hasta el punto de ser percibida como el único sistema posible de organización social. Democracias más o menos consocionales han asumido como axiomas incuestionables que los empresarios generan trabajo y que la gestión monetaria por parte de los lobbies insertados en los bancos centrales —y, por extensión, en el BCE y la Reserva Federal— es el modo más eficiente de gestionar la sociedad. Sin embargo, esta naturalización oculta una hipocresía profunda: los métodos extractivos del capitalismo nos conducen a la destrucción del hábitat necesario para la vida humana, mientras que los niveles de desigualdad y empobrecimiento que sufren dos terceras partes de la humanidad desmienten sistemáticamente la validez de sus axiomas.

La brecha entre salarios y beneficios: el dato que rompe el relato

Los números son tozudos. En los últimos años, la evolución de los salarios y los beneficios empresariales ha dibujado una brecha descomunal que desmonta el relato de la patronal. Según el informe del Gabinete Económico de CCOO, basado en datos del Observatorio de Márgenes Empresariales, entre 2018 y 2023 los márgenes empresariales crecieron un 64% en términos absolutos, mientras que los salarios lo hicieron apenas un 29,8%. Es decir, los beneficios empresariales crecieron el doble que los salarios. El reparto del valor añadido (plusvalías) generado en ese periodo refleja esta desigualdad: los salarios captaron únicamente el 33% del incremento del valor añadido bruto, mientras que los márgenes empresariales captaron el 67%.

La rentabilidad operativa de las empresas pasó del 10,5% en 2018 al 12,9% en 2023, alcanzando niveles récord. Los márgenes empresariales se situaron en 311.000 millones de euros en 2023, 121.000 millones más que en 2018. La brecha es aún más escandalosa si se considera que el 20% de las empresas —las más grandes— concentran el 91% del valor añadido y el 98% de los márgenes empresariales.

El informe de UGT, por su parte, señala que en los últimos diez años los salarios de convenio se han incrementado una media anual del 1,4%, ganando poder adquisitivo solo cuando la tasa de inflación lo ha permitido. Mientras tanto, los beneficios empresariales han crecido diez veces por encima de los sueldos. España cerró 2022 con la cuarta brecha más alta entre salarios y beneficios reales de Europa.

Esta realidad contradice frontalmente el argumento empresarial de que no es posible pagar más salarios porque los «gastos» (impuestos, seguros, materias primas) dejan un margen muy pequeño. Los datos demuestran que el margen existe y es amplio; lo que ocurre es que se destina a la extracción de plusvalía en beneficio de unos pocos.

La plusvalía: el corazón del conflicto

Como describió Marx, la plusvalía es el exceso de riqueza que se genera como resultado del trabajo de las personas, una vez que se les ha pagado el salario. El capitalismo tiene como único objeto la extracción de esa riqueza «sobrante» para el beneficio de unos pocos. La hipocresía del sistema se manifiesta en su discurso contradictorio: cuando se habla de absentismo laboral, los empresarios se quejan de que cada día sin un trabajador pierden miles de euros; cuando se habla de retribuir el trabajo, argumentan que no pueden pagar más.

La realidad es que los beneficios empresariales han crecido a costa de los salarios. La dinámica especulativa de las empresas, especialmente las más grandes, es la principal causante de la inflación, trasladando el incremento de costes al precio final y aprovechando la situación para acrecentar sus márgenes. Son los beneficios, y no los salarios, los que más contribuyen al incremento de la inflación.

La usura y los banqueros: cuando la usura era pecado

Antes de la era industrial, la percepción social de los banqueros y usureros era radicalmente distinta. En la Edad Media, la usura se sancionaba canónicamente con la excomunión y, en la ley secular, se elevaba a la categoría de delito. La Iglesia Católica desempeñó un papel central en la regulación de la usura a través de la doctrina moral y las leyes canónicas.

Los usureros eran considerados «hombres de mala reputación». La fama —entendida como la opinión colectiva— pretendía establecer la reputación del acusado como «usurero público». La mayoría de los juicios contra usureros buscaban la restitución de las sumas extorsionadas. El Antiguo Testamento prohibía cualquier tipo de interés, y esta prohibición religioso-moral se mantuvo durante siglos.

Lo que hoy consideramos una actividad respetable —prestar dinero a cambio de interés— era entonces una práctica inmoral y perseguida. La banca nació durante la Edad Media como la institucionalización de la usura y la vía por la que consiguió su total respetabilidad. Usureros fueron genoveses y lombardos que inventaron el banco; usureros fueron los judíos Fugger que fundieron a Carlos V y desprestigiaron a la Iglesia con la venta de indulgencias. Cuando la burguesía consiguió ocupar su sitio como financiadora de los que ostentan el poder, los gobernantes se convirtieron en vectores para la consecución de sus objetivos.

Bretton Woods y el dominio del dólar

En 1944, los Acuerdos de Bretton Woods establecieron un nuevo sistema monetario internacional basado en la convertibilidad del dólar estadounidense al oro. Estados Unidos surgió de la Segunda Guerra Mundial como la economía más fuerte del mundo, concentrando cerca del 50% del PIB mundial con menos del 5% de la población. El dólar se convirtió en la moneda de referencia internacional, y se crearon el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Este sistema ha permitido a Estados Unidos ejercer un control descomunal sobre la economía mundial. La simple manipulación descontrolada del dinero nos ha llevado a las crisis más salvajes de la historia moderna. Cuando cualquier país ha intentado escapar de ese mecanismo —Libia, Venezuela, Panamá— se ha encontrado con invasiones y guerras que solo buscaban evitar transacciones comerciales fuera del patrón dólar. El sistema de Bretton Woods, concebido inicialmente para evitar las devaluaciones competitivas, se ha convertido en un instrumento de dominación geopolítica.

La socialdemocracia como síntesis hegeliana

No se trata de defender el comunismo como alternativa paradisíaca. La cuestión fundamental, expresada en términos hegelianos, es la oposición tesis/antítesis que suponen capitalismo y comunismo como dos caras de una misma moneda: ¿qué hacemos con la plusvalía? ¿cómo se gestiona y se redistribuye?

Las únicas sociedades que podríamos considerar que cuidan y sirven al ser humano son las que han sabido sintetizar esta oposición. Los países nórdicos y, en particular, el modelo sueco, representan un ejemplo de esta síntesis. La socialdemocracia sueca, reconocida como la principal arquitecta del estado de bienestar basado en impuestos progresivos, ha demostrado que es posible mantener el mercado como mecanismo necesario para la asignación de recursos, pero con una fuerte intervención estatal para redistribuir la riqueza. El Partido Socialdemócrata Sueco construyó un estado de bienestar con servicios públicos universales y un gobierno omnipresente.

En países como Austria o Suecia, donde el Estado —el procomún, la gestión de todos— pone puertas a la ganancia y extracción de beneficios para redistribuirlos en la sociedad, se generan sociedades donde la delincuencia disminuye y el bienestar social aumenta. No es casualidad que en estos países se cierren cárceles porque la delincuencia disminuye.

La federación de democracias de Kant

Immanuel Kant intuyó en el siglo XVIII el camino hacia una sociedad más justa y pacífica. En su obra Sobre la paz perpetua (1795), Kant propuso una federación de Estados libres como fundamento del derecho de gentes. Su visión de un orden internacional regido por la ley, capaz de regular mediante el espíritu universalista de una federación mundial la política, anticipó lo que hoy necesitamos: una federación de democracias basada en la socialdemocracia y la redistribución de las riquezas.

Kant apostó por una federación de pueblos y alertó contra los peligros del poder desmedido. La paz perpetua, según Kant, es posible siempre que el hombre se organice republicana y federativamente. Su concepción de una federación pacífica de repúblicas, libre y voluntariamente asociadas, es el horizonte hacia el que debemos caminar.

Concluyendo, el capitalismo y el comunismo no son más que dos caras de una misma moneda: ambas han fracasado en su intento de ofrecer una respuesta satisfactoria a la cuestión fundamental de la gestión y redistribución de la plusvalía. El capitalismo ha demostrado ser extractivo y destructivo; el comunismo, en sus diversas manifestaciones históricas, ha mostrado su incapacidad para preservar las libertades individuales.

La alternativa no es elegir entre uno u otro, sino superar esa falsa dualidad mediante una síntesis que ponga al ser humano en el centro. La socialdemocracia de los países nórdicos —con su énfasis en la redistribución, los servicios públicos universales y la regulación del mercado— ofrece un modelo viable. La federación de democracias que Kant intuyó es el marco político necesario para implementar este modelo a escala global.

Los poderosos, apoyados en la fuerza de la riqueza extraída al trabajador, lo han convencido de que son imprescindibles para que funcione la sociedad. La realidad es bien distinta: solo en los países donde el Estado, el procomún, la gestión de todos, pone límites a la extracción de beneficios y los redistribuye, se generan sociedades verdaderamente humanas. No se trata de eliminar el mercado, sino de ponerlo al servicio de la sociedad. No se trata de abolir la propiedad privada, sino de garantizar que la riqueza generada por el trabajo de todos beneficie a todos.

El camino hacia la federación de democracias pasa por reconocer la hipocresía del capitalismo, desmontar sus axiomas con datos y argumentos, y construir alternativas basadas en la redistribución, la justicia social y la sostenibilidad. La plusvalía no debe ser extraída por unos pocos; debe ser gestionada y redistribuida en beneficio de la sociedad y del ser humano. Esa es la gran tarea de nuestro tiempo.

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