Viena, con su elegante arquitectura imperial y sus cafés donde el tiempo parece transcurrir con una cadencia distinta, es también un laboratorio sociológico de primer orden. Para comprender plenamente la escena que he presenciado esta mañana, tengo que situarla en el contexto de la singular historia política de Austria.
Este país, encrucijada de Europa, ha forjado una cultura cívica que es el resultado de un complejo entramado histórico. Actualmente, Austria es gobernada por una coalición tripartita que aglutina a conservadores, liberales proeuropeístas y socialistas, un pacto de gobernabilidad diseñado, en parte, para mantener el denominado «cordón sanitario» a la extrema derecha, representada por el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ). Sin embargo, esta estrategia de contención es, cuando menos, paradójica, ya que la extrema derecha tiene raíces profundas en el país.
Ya antes del Anschluss, la anexión de Austria por la Alemania nazi en 1938, existían movimientos de corte nacionalista y pangermánico que allanaron el camino para la llegada del nacionalsocialismo. La referencia a las «cruces negras» evoca, probablemente, a grupos y simbologías de la ultraderecha austriaca que, en su momento, se adhirieron incondicionalmente al movimiento nazi, una memoria histórica que, aunque latente, resurge periódicamente en el debate político.
La posguerra y la posterior influencia soviética, en una zona de transición como fue Austria durante la Guerra Fría, marcada por el Telón de Acero, dejaron una huella indeleble en su sociedad. Tras la caída del Muro de Berlín, esta historia se tradujo en un curioso patrón electoral: las principales urbes del país –Viena, Linz, Graz e Innsbruck– se han consolidado como bastiones de partidos de izquierdas o centroizquierda, mientras que las zonas rurales mantienen un posicionamiento más conservador.
Este fenómeno, que enfrenta la ciudad al campo, no es exclusivo de Austria, pero aquí adquiere una dimensión particular. De hecho, el actual presidente federal de la República, Alexander Van der Bellen, es un destacado miembro del partido ecologista Los Verdes, lo que subraya la complejidad y el pluralismo de su espectro político. Esta es la Viena que acoge al viajero, una ciudad donde la cultura cívica no es una abstracción, sino una práctica diaria, un contrato social tácito que se renueva en cada esquina.
Ha sido en este escenario donde se ha desarrollado la anécdota que motiva esta reflexión. Esta mañana, camino al trabajo, he sido testigo de un pequeño pero revelador drama social.
Un semáforo en rojo para peatones se ha convertido en el escenario de una obra en tres actos. Una señora de unos 35 o 40 años, que por su acento británico resultó ser extranjera, decidió hacer caso omiso a la señalización en tres ocasiones consecutivas, cruzando con el semáforo en rojo siempre que el tráfico de vehículos se lo permitía. Yo, y un joven austriaco que caminaba detrás de mí, esperamos pacientemente a que la luz cambiase a verde en cada ocasión. La situación, para mí, rayaba en lo cómico, pues la señora, en su afán por ganar unos segundos, no lograba aventajarnos; siempre la alcanzábamos en el siguiente semáforo. Sin embargo, para el joven austriaco, la escena no era motivo de risa. Con una educación exquisita, se dirigió a ella en alemán: «Enschuldigun, Frau». Al recibir la respuesta en un inglés muy británico, «I'm sorry. I don't speak German», el joven cambió de idioma y, con una corrección impecable, le espetó: «¿No se ha dado cuenta, señora, que los tres que estamos aquí hemos llegado al mismo lugar en el mismo tiempo? Pero hay una diferencia entre este señor (señalándome a mí) y usted: él ha respetado escrupulosamente las normas que nos permiten convivir, es decir, su turno de paso en los semáforos, mientras usted, no sólo ha cometido tres infracciones, cruzando tres semáforos en rojo, sino, lo más grave, ha demostrado una falta de civismo y educación social que solo puede provocar, si todos actuamos así, que la calidad de vida con la que vivimos, se vaya al traste».
La señora, con un desplante de soberbia, cruzó finalmente cuando el semáforo se puso en verde, mientras el joven me dedicaba una sonrisa cómplice.
Más allá de la anécdota, este pequeño episodio es un microcosmos que ilustra con precisión quirúrgica los fundamentos de la cooperación social y el papel de la cultura cívica en el mantenimiento de la calidad de vida. Desde la sociología y las ciencias políticas, podemos analizar esta interacción como un ejemplo de la teoría de la acción colectiva.
El respeto a las normas, incluso cuando su transgresión no conlleva una sanción inmediata o un perjuicio directo y visible, es lo que los politólogos denominan «capital social»: la confianza, las normas y las redes que facilitan la cooperación para el beneficio mutuo. Cada vez que la señora cruzaba con el semáforo en rojo, no solo violaba una norma de tráfico, sino que erosionaba, aunque fuera de manera infinitesimal, el tejido de confianza que permite que una sociedad funcione. El joven austriaco, al intervenir, actuó como un agente de control social informal, un vigilante de las normas que, lejos de ser un acto de autoritarismo, es una defensa de un bien común: la predictibilidad y la seguridad que otorga un espacio público compartido.
La diferencia cultural entre ambos personajes es un reflejo de distintas tradiciones cívicas. El individualismo, llevado a su extremo, como el que se puede atribuir a la señora, es una fuerza centrífuga que desintegra la comunidad.
Paradójicamente, Gran Bretaña, cuna de las revoluciones democráticas y faro de la historia política moderna, parece experimentar en las últimas décadas un declive en su capital social, alimentado por un hiperindividualismo que prioriza la gratificación personal sobre el bienestar colectivo. Como bien apuntó el joven, si todos actuáramos como la señora, la calidad de vida se iría al traste.
Las normas de convivencia, los pequeños gestos de respeto, como esperar a que un semáforo se ponga en verde, son los ladrillos con los que se construye una sociedad civilizada. Son la expresión tangible de un contrato social que no se firma en los parlamentos, sino que se renueva día a día en las aceras de las ciudades.
La cultura cívica austriaca, forjada en la historia y en la necesidad de convivir con un pasado complejo, es un recordatorio de que la libertad individual no es absoluta, sino que encuentra su límite en la libertad y el bienestar de los demás.
La lección de esta mañana en Viena es clara: las sociedades no mejoran únicamente con grandes leyes o revoluciones, sino con la suma de millones de pequeños actos de cooperación y respeto cotidiano. El verdadero progreso social se mide, quizás, en la capacidad de sus ciudadanos para detenerse ante un semáforo en rojo, incluso cuando nadie les observa.
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