Aprovechando las «coincidentes» decisiones de cierto juez durante la instrucción que esté ejecutando —nunca mejor dicho— y siendo corregido por cierta audiencia provincial, desarrollaremos el «principio de orquestación».
Imaginemos una orquesta sin director. Cada músico toca su propio instrumento, pero no hay una partitura común, no hay un ritmo compartido, no hay una melodía que emerja del conjunto. El resultado no es música, sino ruido. El principio de orquestación consiste precisamente en lo contrario: hacer que la misma idea, el mismo mensaje, la misma narrativa, parezca surgir de muchos lugares diferentes y aparentemente independientes, cuando en realidad responde a una partitura única diseñada por un mismo director. No se trata de que una fuente poderosa imponga su mensaje; se trata de que el mensaje parezca emerger espontáneamente de la sociedad, de los medios, de las redes sociales, de los influencers, de los políticos, de los expertos. La orquestación crea la ilusión de un consenso que no existe, de una verdad que no ha sido demostrada, de una urgencia que no está justificada. Y al hacerlo, convierte una manipulación en lo que parece una conversación natural.
La teoría de la comunicación ha estudiado este fenómeno bajo diversos nombres. El concepto de «manufactura del consentimiento», acuñado por Walter Lippmann y popularizado por Noam Chomsky y Edward Herman, describe cómo los medios de comunicación de masas actúan como una «fábrica de consentimiento» al servicio de las élites. Pero la orquestación digital va más allá: no se limita a que unos pocos medios repitan un mensaje, sino que implica una coreografía compleja de actores —cuentas anónimas, bots, influencers, medios tradicionales, políticos, think tanks— que actúan al unísono para dar la impresión de que la idea emana de la propia realidad. Como señala una investigación sobre campañas coordinadas en Europa, «cuentas falsas y campañas coordinadas tuvieron como objetivo las secciones de comentarios de medios públicos europeos», creando la apariencia de que una opinión era mayoritaria cuando en realidad era fabricada.
En el contexto español, la crisis migratoria de Ceuta en julio de 2026 ha sido un ejemplo paradigmático de orquestación. El gobierno español ha denunciado que redes de desinformación provenientes de Rusia e Israel, en colaboración con grupos de extrema derecha, han orquestado una campaña coordinada para presentar la llegada de migrantes como una «invasión». El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, señaló que el «drama» vivido en Ceuta tuvo su origen en un bulo y que ahora se utilizaba como una herramienta para alimentar el odio. Lo relevante no era que un solo actor dijera algo falso, sino que el mismo mensaje parecía venir de muchos lugares diferentes: cuentas prorrusas como «Prav.da» o «Visegrad 24», megainfluencers como Elon Musk, medios afines a la ultraderecha, partidos políticos de la oposición y cuentas anónimas en redes sociales. La orquestación creó la ilusión de que la «invasión» era un hecho constatado por múltiples fuentes independientes, cuando en realidad era una narrativa coordinada.
El caso de la operación «Monsiváis» en México tambien ofrece un ejemplo internacional de orquestación. Entre el 22 y 23 de junio de 2026, se gestionó una de las operaciones mejor orquestadas para golpear al gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. La campaña coordinó cuentas en México, Colombia, España, Estados Unidos y Argentina, creando la apariencia de un movimiento social espontáneo cuando en realidad respondía a una estrategia diseñada. La orquestación permitió que la crítica al gobierno pareciera surgir de la sociedad civil, no de un centro de operaciones político.
La campaña rusa «Doppelganger» es otro ejemplo paradigmático de orquestación a escala global. Esta operación de desinformación, ejecutada aparentemente por el aparato del Kremlin, consiste en clonar medios de comunicación reconocidos y difundir noticias falsas que parecen provenir de fuentes legítimas. En el contexto de las elecciones en Hungría, una red de bots difundió vídeos falsos atribuidos a medios como Reuters o Deutsche Welle, con la narrativa de que refugiados ucranianos planeaban un ataque contra el primer ministro Viktor Orbán. La orquestación no se limitaba a un medio oficial ruso; implicaba una red de sitios clonados, bots y cuentas falsas que daban la impresión de que la información provenía de múltiples fuentes occidentales, cuando en realidad era una única operación de propaganda.
En España, la orquestación ha sido detectada en múltiples ámbitos. El bulo del «pucherazo» en las elecciones del 28 de mayo de 2023 no fue un error aislado, sino una «mentira sistemática, orquestada, instrumental» que involucró a medios de comunicación, partidos políticos y redes sociales. Los servicios de Información detectaron una campaña en redes sociales que difundía noticias falsas y tergiversaciones destinadas a poner en duda la credibilidad del proceso electoral. El objetivo no era solo engañar, sino crear la apariencia de que el cuestionamiento de la limpieza electoral era una preocupación generalizada, cuando en realidad era una operación orquestada. Ante las inminentes elecciones generales, lamentablemente vuelve a aparecer alimentado incluso por partidos que se supone que no son antisistema.
El Departamento de Seguridad Nacional de España ha alertado de que uno de los objetivos estratégicos de las campañas de desinformación es la «injerencia de actores vinculados con el extremismo» que busca erosionar la neutralidad institucional. Estas campañas no son espontáneas; son orquestadas por actores estatales y no estatales que coordinan sus mensajes para maximizar su impacto. El informe anual de Seguridad Nacional pone en el punto de mira al Kremlin y a sus campañas para «polarizar a la sociedad» española. La orquestación rusa, en particular, ha sido documentada en su estrategia de crear páginas en catalán, gallego y euskera para dirigirse a audiencias específicas en España, y en el uso de una red de granjas de bots para «macerar» el algoritmo de la inteligencia artificial, ganándose su confianza antes de inyectarle propaganda.
La sociología política ha mostrado que la orquestación es particularmente eficaz porque explota un sesgo cognitivo fundamental: tendemos a creer que lo que viene de muchas fuentes diferentes es más fiable que lo que viene de una sola. La orquestación invierte esta lógica: hace que lo que viene de una única fuente parezca venir de muchas, aprovechando nuestra confianza en la diversidad de voces para colarnos un mensaje uniforme. Hay una cantidad abrumadora de evidencias en los análisis sobre la fabricación de la realidad que muestran cómo la orquestación busca crear «unanimidad» y «vulgarización» utilizando todos los medios disponibles para asfixiar a los ciudadanos con propaganda y mensajes de inexistentes mayorías.
El antídoto contra la orquestación es la práctica del rastreo de fuentes. Preguntarse siempre: ¿de dónde viene realmente esta idea? ¿Quién se beneficia de que parezca venir de muchos lugares? ¿Hay conexiones entre las fuentes que no son evidentes? Buscar los orígenes de las narrativas, no solo su difusión. Desconfiar de la apariencia de consenso y preguntarse si ese consenso es real o fabricado. Y, sobre todo, desarrollar la capacidad de identificar los patrones de orquestación: cuando un mismo mensaje aparece simultáneamente en medios, redes, políticos y cuentas anónimas, es más probable que estemos ante una orquesta que ante una coincidencia. El periodista e historiador Edward S. Herman, afirmaba que la propaganda no funciona cuando es evidente; funciona cuando es invisible. La orquestación hace invisible la fuente para hacer visible el mensaje; desenmascararla es una tarea que debemos asumir como fundamental.
En el próximo artículo analizaremos el decimocuarto principio: el de amplificación artificial, esa técnica que hace que algo parezca socialmente importante antes de que realmente lo sea, y que es el siguiente movimiento en la partitura de la orquestación.

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