jueves, 3 de septiembre de 2026

Fabricando la realidad (2). Principio del culpable único: concentrar problemas distintos en un solo enemigo

La historia de la política es, en buena medida, la historia de la búsqueda de chivos expiatorios. Desde las sociedades antiguas que expulsaban al «chivo emisario» cargado con los pecados de la comunidad hasta los regímenes totalitarios del siglo XX que identificaban al «enemigo del pueblo», la humanidad ha recurrido una y otra vez al mismo mecanismo: concentrar problemas diversos y complejos en una única figura a la que señalar como responsable de todo lo que anda mal. Este es el principio del culpable único, y constituye la primera y quizás más poderosa herramienta de manipulación masiva.

La ciencia ha documentado extensamente este fenómeno. El sociólogo francés René Girard desarrolló la teoría del chivo expiatorio para explicar cómo las comunidades canalizan sus tensiones internas hacia un chivo emisario, restaurando temporalmente la cohesión social a costa de la victimización de un inocente. En el ámbito político, esta lógica se traduce en la identificación de un enemigo —real o imaginario— al que se atribuyen todos los males, desviando la atención de las estructuras y procesos que realmente son la causa de los problemas. Como señala un análisis sobre la construcción de enemigos comunes, «la táctica se basa en identificar enemigos comunes —reales o imaginarios—» para aglutinar a las masas bajo una bandera común.

El mecanismo es sencillo pero devastador: cuando la realidad es compleja y los problemas son múltiples —inflación, desempleo, inseguridad, crisis migratoria, deterioro de servicios públicos—, resulta mucho más fácil para un líder político señalar con el dedo a un único responsable que explicar la intrincada red de causas que subyace a cada uno de esos fenómenos. La complejidad agota; la simplificación, en cambio, moviliza. El principio del culpable único ofrece una narrativa comprensible, emocionalmente satisfactoria y, sobre todo, útil para canalizar la frustración ciudadana hacia un objetivo concreto.

En el contexto español, este principio se ha manifestado con especial claridad en el tratamiento político de la inmigración. Los pactos entre PP y Vox para alcanzar el gobierno de comunidades autónomas como Extremadura y Aragón han convertido a los inmigrantes en el «chivo expiatorio» al que golpear con la expectativa de captar votos. La diputada de Vox, Rocío de Meer (con apellido español y muy español) ha llegado a hablar de deportar a ocho millones de personas de origen extranjero, incluidos inmigrantes de segunda generación nacidos en España, recurriendo a la teoría xenófoba y racista del «reemplazo demográfico». La ministra de Inclusión, Elma Saiz, ha acusado al PP de utilizar a los menores migrantes no acompañados como «chivo expiatorio» para erosionar al Ejecutivo central. Detrás de esta estrategia subyace una operación de simplificación radical: problemas como la saturación de colegios, el colapso de hospitales, la ocupación de viviendas o la inseguridad ciudadana se presentan como consecuencia directa de la inmigración, cuando en realidad responden a políticas de financiación, planificación urbana y distribución de recursos que nada tienen que ver con la presencia de población extranjera.

Pero el principio del culpable único no es patrimonio exclusivo de la derecha. La izquierda también ha recurrido a esta técnica, aunque con diferentes blancos. En 2015, el entonces secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, identificó a Artur Mas como el «único culpable» del choque entre Cataluña y el conjunto del Estado. Más recientemente, en marzo de 2026, Sánchez ha sido acusado de buscar un «enemigo interno» en PP y Vox para desviar la atención de los problemas de su Gobierno, convirtiendo el debate sobre la guerra de Irán en una confrontación ideológica contra la oposición. Como señala un análisis de esta estrategia, «el enemigo interno sustituye a las reflexiones estratégicas. Es una forma de controlar la conversación política cuando el terreno resulta incierto».

El ámbito internacional ofrece ejemplos igualmente elocuentes. En Estados Unidos, Donald Trump ha clamado sistemáticamente contra la «izquierda radical» como única responsable de los males del país, mientras «olvida con descaro» las responsabilidades de su propio campo. Esta estrategia de polarización agresiva ha sido identificada como un factor clave en el clima de hostilidad política que atraviesa el país. En Brasil, Jair Bolsonaro empleó falsedades sobre la seguridad pública y la economía para construir un relato de amenaza exterior; una de sus estrategias más depuradas fue la resignificación del Foro de São Paulo —originalmente un encuentro de partidos de izquierda latinoamericanos— como una organización criminal global que conspira para dominar Sudamérica. En Argentina, la construcción del «enemigo común» ha sido una constante en el discurso político, utilizada para disimular problemas internos y mantener la popularidad.

La sociología política nos ofrece claves para entender por qué funciona este principio. En primer lugar, responde a una necesidad cognitiva: el cerebro humano está programado para simplificar la realidad, y la atribución de culpa a una única fuente satisface esa urgencia de orden. En segundo lugar, moviliza emociones poderosas —ira, miedo, resentimiento— que anulan la capacidad de análisis crítico. En tercer lugar, crea cohesión grupal: nada une más a un colectivo que la identificación de un enemigo común. Como señala un análisis sobre el tema, «un enemigo común suele ser la mejor herramienta para unir y distraer a la población de sus verdaderos males cotidianos».

El problema, por supuesto, es que el principio del culpable único no solo es intelectualmente deshonesto, sino políticamente peligroso. Al concentrar problemas distintos en un solo enemigo, se impide abordar las causas reales de esos problemas. Se genera un chivo expiatorio que, una vez señalado, puede ser objeto de medidas draconianas que no resuelven nada pero que erosionan derechos y convivencia. Se fabrica una realidad distorsionada en la que la complejidad desaparece y el debate público se reduce a una única pregunta: ¿estás con nosotros o contra nosotros?

El antídoto contra este principio es la recuperación de la complejidad. Exigir explicaciones que no reduzcan la realidad a un único culpable, preguntar por las estructuras y procesos que generan los problemas, negarse a aceptar que la inmigración es la causa de todos los males o que un partido político es responsable de todas las desgracias. La democracia necesita ciudadanos que resistan la tentación del chivo expiatorio y exijan un análisis riguroso de la realidad. Porque cuando aceptamos que todos nuestros problemas tienen un único culpable, estamos entregando nuestra capacidad de pensar críticamente y, con ella, nuestra libertad.

En el próximo post analizaremos el segundo principio: el de la fabricación del miedo, esa técnica que convierte una posibilidad remota en una amenaza inminente para paralizar nuestra capacidad de juicio.

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