El miedo es, probablemente, la emoción más poderosa que puede movilizar a un ser humano. La neurociencia ha demostrado que el cerebro procesa las amenazas potenciales mucho más rápido que cualquier otro estímulo, activando la amígdala y desactivando, al menos temporalmente, las áreas responsables del razonamiento complejo. Esta respuesta evolutiva, que en su origen nos ayudaba a sobrevivir ante depredadores, se ha convertido en la principal materia prima de la manipulación política contemporánea. El principio de la fabricación del miedo consiste precisamente en eso: convertir una posibilidad remota o incierta en una amenaza inminente y existencial, lo suficientemente grande como para que actuemos antes de pensar, para que reaccionemos con el instinto antes que con la razón.
El sociólogo Zygmunt Bauman llamó «modernidad líquida» a una época en la que las certezas se disuelven y el miedo se convierte en el principal motor de la conducta social. En este contexto, la política del miedo no es un accidente, sino una estrategia deliberada. Como señala un análisis sobre el tema, «el miedo se ha convertido en uno de los principales motores de la política contemporánea», y los líderes populistas lo utilizan como «una estrategia deliberada para construir apoyo y legitimidad». La fórmula es siempre la misma: identificar una amenaza —real o inventada—, amplificarla hasta proporciones catastróficas y presentarse a uno mismo como el único capaz de proteger a la población de ese peligro.
El caso de la crisis migratoria de Ceuta en julio de 2026 constituye un ejemplo paradigmático de este principio en acción. Lo que comenzó como un movimiento de personas buscando cruzar la frontera se transformó rápidamente, en el discurso de ciertos actores políticos y mediáticos, en una «invasión» organizada. El término no era inocente: evocaba imágenes de conquista, de amenaza militar, de un enemigo que viene a tomar lo que es nuestro. Como denunció el gobierno español, «megainfluencers conservadores» como Elon Musk contribuyeron a amplificar este relato, presentando la llegada de migrantes como una «invasión» de hombres en edad militar. En apenas once días, las publicaciones de Musk sobre Ceuta superaron los 724 millones de visualizaciones, extendiendo el mensaje de que España estaba siendo desbordada por una amenaza existencial. No se trataba de personas que huían de la pobreza o la violencia, sino de una supuesta «amenaza civilizatoria» que requería una respuesta inmediata, sin matices, sin compasión, sin reflexión.
Este mecanismo no es nuevo, pero la digitalización lo ha potenciado de manera exponencial. Las redes sociales permiten que un rumor, una imagen descontextualizada o un dato manipulado se conviertan en una amenaza global en cuestión de horas. La inteligencia artificial generativa ha añadido una capa adicional de sofisticación: deepfakes que muestran a líderes políticos declarando la guerra, vídeos manipulados de supuestos ataques, audios falsos que simulan conspiraciones. El objetivo no es solo engañar, sino generar una respuesta emocional tan intensa que anule cualquier capacidad de verificación crítica. Cuando el miedo es lo suficientemente grande, no hay tiempo para comprobar; solo hay tiempo para reaccionar.
En el ámbito internacional, la fabricación del miedo ha sido una constante en las campañas electorales y en la geopolítica. Donald Trump ha construido gran parte de su discurso en torno a la idea de que la «izquierda radical» está destruyendo Estados Unidos, que los inmigrantes están «envenenando la sangre» del país y que el sistema judicial está manipulado contra él. Cada una de estas afirmaciones, examinada con calma, se desmorona; pero su propósito no es resistir el escrutinio, sino generar una respuesta visceral en sus seguidores. Como señala un análisis, Trump «aprovecha el miedo y la rabia de sus seguidores para conseguir su fidelidad», presentándose como el único que puede salvar a la nación de un peligro inminente.
En Rumanía, la interferencia rusa en las elecciones presidenciales de 2024 utilizó precisamente esta técnica: se difundieron deepfakes que mostraban a candidatos en situaciones comprometidas y se amplificaron mensajes que presentaban a la Unión Europea como una amenaza a la soberanía nacional. El resultado fue la anulación de los comicios por primera vez en la historia de la UE, un triunfo de la fabricación del miedo sobre el proceso democrático. En Moldavia, redes de cuentas falsas en TikTok generaron miles de publicaciones diseñadas para «erosionar la confianza en las instituciones, aumentar las tensiones sociales y acentuar la polarización», utilizando el miedo a la guerra, a la pobreza y a la pérdida de identidad nacional como principales vectores de ataque.
La sociología política ha documentado cómo el miedo funciona como un mecanismo de control social. Cuando una población tiene miedo, se vuelve más dócil, más proclive a aceptar restricciones de libertades y más dependiente de quienes prometen protección. El filósofo Thomas Hobbes ya lo intuyó en el siglo XVII: el Leviatán, el Estado absoluto, se justifica precisamente por el miedo a la guerra de todos contra todos. Hoy, ese Leviatán se ha multiplicado en partidos políticos, medios de comunicación y plataformas digitales que compiten por ser los más eficaces en generar y gestionar nuestros miedos.
En España, este principio se ha manifestado en múltiples ámbitos. El debate sobre la vivienda ha sido instrumentalizado presentando la okupación como una amenaza generalizada, cuando los datos oficiales muestran que es un fenómeno marginal. La inseguridad ciudadana se ha convertido en un tema recurrente en los discursos políticos, a menudo desvinculado de las estadísticas reales de criminalidad, que no justifican el alarmismo. La crisis migratoria, como hemos visto, ha sido el campo de batalla más fértil para la fabricación del miedo, con partidos como Vox utilizando el término «invasión» para describir movimientos migratorios que, en términos demográficos, son perfectamente asumibles para un país de las dimensiones de España.
El problema fundamental del principio de fabricación del miedo es que genera una profecía autocumplida. Al presentar una posibilidad como una amenaza inminente, se crean las condiciones para que esa amenaza se materialice. El miedo al otro lleva a políticas de exclusión que radicalizan al otro; el miedo al colapso económico lleva a políticas de austeridad que generan recesión; el miedo a la inseguridad lleva a políticas policiales que aumentan la conflictividad social. El miedo, en definitiva, no solo distorsiona nuestra percepción de la realidad, sino que contribuye a fabricar la realidad que dice temer.
El antídoto contra la fabricación del miedo es la pausa. Detenerse antes de reaccionar, preguntarse si la amenaza es realmente tan grande como nos la presentan, buscar fuentes contrastadas, recordar que la historia está llena de profecías apocalípticas que nunca se cumplieron. La democracia requiere ciudadanos capaces de resistir la tentación del miedo y de ejercer un juicio sereno, incluso cuando todo a su alrededor les dice que deben tener miedo. Porque el miedo, cuando se fabrica, no es una emoción natural; es una herramienta de dominación. Y reconocerlo es el primer paso para no ser dominados por él.
En el próximo artículo analizaremos el tercer principio: el de la asociación emocional, esa técnica que pega una idea a una emoción hasta que terminamos reaccionando a ambas como si fueran lo mismo.

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