lunes, 7 de septiembre de 2026

Fabricando la realidad (5). Principio de deshumanización: cambiar el lenguaje hasta cambiar también lo que consideramos aceptable hacerle al otro

El lenguaje no es un simple vehículo para describir la realidad; es, ante todo, una herramienta para construirla. Las palabras que elegimos no solo reflejan lo que pensamos, sino que moldean lo que podemos pensar y, lo que es más importante, lo que consideramos aceptable hacer. El principio de deshumanización explota esta relación fundacional entre lenguaje y acción: al cambiar las palabras con las que nombramos a un grupo humano, cambiamos también nuestra percepción moral sobre ese grupo, y con ella, lo que estamos dispuestos a permitir que se le haga. La deshumanización no es un subproducto accidental del discurso político; es una técnica deliberada que prepara el terreno para la exclusión, la discriminación y, en sus formas más extremas, la violencia.

La filosofía y la psicología social han documentado extensamente este mecanismo. El filósofo Giorgio Agamben acuñó el concepto de «homo sacer» para describir a aquel que puede ser matado sin que su muerte constituya un homicidio, una figura que emerge precisamente cuando el lenguaje político excluye a alguien de la comunidad de los humanos. La psicóloga social Susan Fiske ha demostrado que la deshumanización activa en el cerebro las mismas regiones que se activan ante objetos o animales, desactivando las áreas asociadas a la empatía y el juicio moral. Cuando llamamos a una persona «plaga», «alimaña» o «invasor», no estamos usando meras metáforas; estamos reconfigurando nuestra respuesta neurológica hacia esa persona, haciéndola merecedora de un trato que jamás aplicaríamos a alguien a quien reconocemos como igual.

En el contexto español, la deshumanización del inmigrante ha sido una de las operaciones lingüísticas más sistemáticas de la última década. Términos como «invasión», «oleada», «avalancha» o «aluvión» no describen un fenómeno migratorio; lo convierten en una catástrofe natural o militar contra la que hay que defenderse. El diputado de Vox Santiago Abascal ha hablado de «ocupación» del territorio español por parte de inmigrantes, mientras que otros dirigentes del partido han utilizado la expresión «reemplazo demográfico», una teoría conspirativa que presenta la inmigración como un plan deliberado para sustituir a la población autóctona. Estas palabras no son inocentes: transforman a personas que buscan una vida mejor en una amenaza existencial, y al hacerlo, legitiman políticas que van desde la expulsión masiva hasta la negación de derechos básicos. Como señala la ministra de Inclusión, Elma Saiz, esta estrategia convierte a los menores migrantes no acompañados en «chivo expiatorio» de una operación política más amplia.

Pero la deshumanización no se limita a la inmigración. En el debate político español, la izquierda ha sido sistemáticamente etiquetada como «comunista», «chavista» o «proetarra» por parte de la derecha, términos que no describen una posición política sino que la asocian a regímenes autoritarios o a la violencia terrorista. De manera similar, la derecha ha sido calificada por la izquierda como «fascista», «neofranquista» o «golpista», etiquetas que sitúan al adversario fuera del marco democrático y lo convierten en un enemigo ilegítimo. En ambos casos, el objetivo es el mismo: despojar al otro de su condición de interlocutor válido para reducirlo a una categoría deshumanizada contra la que todo vale. Una vez que el adversario es un «fascista», cualquier medida para detenerlo parece justificada; una vez que el inmigrante es un «invasor», cualquier política de contención parece legítima.

El ámbito internacional ofrece ejemplos aún más extremos. En Estados Unidos, Donald Trump ha utilizado un lenguaje que roza la deshumanización para referirse a los inmigrantes, calificándolos de «animales» y afirmando que están «envenenando la sangre» del país. Estas expresiones no son meros exabruptos; son la preparación lingüística de políticas como la separación de familias en la frontera o la construcción de muros. En Brasil, Jair Bolsonaro se refirió a los indígenas como «seres humanos en proceso de evolución» y a los quilombolas como «no sirven ni para procrear», un lenguaje que despoja a estos colectivos de su humanidad y abre la puerta a políticas de desposesión territorial. En el conflicto de Gaza, ambas partes han utilizado un lenguaje deshumanizador: Hamás ha calificado a los israelíes de «sionistas» y «ocupantes» en un sentido que borra su condición de civiles; Israel ha hablado de «animales humanos» para referirse a los palestinos, un término que ha sido denunciado por la ONU como potencialmente genocida.

La deshumanización no es un fenómeno exclusivo de extremistas; es una técnica que se infiltra en el lenguaje cotidiano de la política convencional. Cuando los políticos hablan de «gestión de flujos migratorios», están utilizando un lenguaje burocrático que convierte a las personas en unidades de un proceso logístico. Cuando se habla de «coste» de la inmigración para el sistema sanitario, se está reduciendo a los inmigrantes a una carga económica. Cuando se utilizan eufemismos como «devoluciones en caliente» o «expulsiones», se está ocultando la realidad violenta de lo que se hace a seres humanos. La deshumanización opera tanto en el registro grosero como en el registro técnico: en ambos casos, el efecto es el mismo, alejar al otro de nuestra esfera de preocupación moral. Waśniewska (2026) ha mostrado, a través de un análisis lingüístico sistemático, cómo estas estrategias discursivas contribuyen a los mecanismos de desvinculación moral que hacen posible la normalización de la violencia.

La sociología política ha mostrado que la deshumanización es un paso necesario para la normalización de la violencia. El psicólogo social Albert Bandura acuñó el concepto de «desvinculación moral» para describir el proceso mediante el cual las personas justifican acciones que violan sus propios principios éticos: la deshumanización de la víctima es uno de los mecanismos clave. Cuando un grupo es deshumanizado, se activa lo que los psicólogos llaman «infrahumanización»: atribuimos a ese grupo menos capacidad para experimentar emociones complejas como el amor, la tristeza o el orgullo, lo que reduce nuestra empatía y nos permite tratarlos de manera que jamás trataríamos a los nuestros.

El antídoto contra la deshumanización es la recuperación del lenguaje humanizador. Nombrar a las personas como lo que son: personas. Hablar de «personas migrantes» en lugar de «ilegales», de «menores no acompañados» en lugar de «menas», de «adversarios políticos» en lugar de «enemigos». Exigir que los políticos utilicen un lenguaje que reconozca la humanidad del otro, y denunciar cuando no lo hacen. Pero la deshumanización no se combate solo con palabras; se combate con imágenes, con historias, con relatos que nos recuerden que el otro es como nosotros. Como señalan una gran variedad de análisis sobre el tema, «la deshumanización es el paso previo a la barbarie», y prevenirla es una tarea de toda la sociedad, no solo de los expertos.

En el próximo artículo analizaremos el quinto principio: el de encuadre (framing), esa técnica que define un acontecimiento a través de las palabras utilizadas para nombrarlo, y que nos muestra cómo el lenguaje no solo deshumaniza, sino que construye toda la realidad política. 

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