Hay un instante, casi imperceptible, en el que un hecho se convierte en relato. Ese instante no es neutral: la elección de una palabra, de un adjetivo, de un orden narrativo, determina lo que veremos, lo que sentiremos y lo que decidiremos hacer. El principio de encuadre, o framing, nos recuerda que la realidad política no nos llega en bruto, sino siempre enmarcada. No existe un acontecimiento fuera del lenguaje que lo nombra; y la forma en que se nombra no es un detalle accesorio, sino la operación fundamental de la construcción de la realidad. Definir un acontecimiento a través de las palabras utilizadas para nombrarlo es, quizás, la técnica de manipulación más sutil y, por eso mismo, la más difícil de detectar.
La teoría del encuadre tiene raíces profundas en la sociología y la ciencia política. Erving Goffman, en su obra clásica Frame Analysis, demostró que los seres humanos organizamos la experiencia a través de «marcos interpretativos» que nos dicen qué está pasando y cómo debemos responder. Estos marcos no están en la realidad, sino en nuestra cabeza y en el lenguaje que compartimos. George Lakoff, lingüista cognitivo, llevó esta idea al terreno político: los marcos son estructuras mentales que moldean nuestra forma de ver el mundo, y los políticos luchan constantemente por imponer sus marcos porque quien define el marco define el debate. Si el debate es sobre «inmigración», el marco es administrativo; si es sobre «invasión», el marco es militar. La misma realidad, dos marcos, dos realidades políticas completamente distintas.
En España, el principio de encuadre ha sido una batalla constante en el debate territorial. El conflicto catalán es, ante todo, una guerra de marcos. Para el independentismo, el acontecimiento se enmarca como un «conflicto político» entre dos naciones, un «derecho a decidir» y una «represión» del Estado español. Para el constitucionalismo, el mismo acontecimiento se enmarca como un «desafío a la legalidad», un «golpe al Estado de derecho» y una «ruptura de la convivencia». Cada una de estas palabras no describe un hecho objetivo; crea un hecho distinto. «Proceso» suena a evolución natural; «golpe» suena a violencia ilegítima. «Represión» suena a abuso de poder; «aplicación de la ley» suena a justicia. La ciudadanía no accede a los hechos desnudos, sino a estos marcos, y su opinión dependerá de cuál de ellos haya logrado instalarse en su mente.
El debate sobre la ley de amnistía de 2024 fue otro campo de batalla del encuadre. Para el gobierno y sus socios, se enmarcaba como una «ley de reconciliación» y de «convivencia» necesaria para cerrar heridas. Para la oposición, era una «ley de impunidad» que premiaba a quienes habían quebrantado la ley. El mismo texto legal, dos marcos opuestos: uno apelaba a la paz social y la generosidad; el otro, a la justicia y el castigo. La batalla no era sobre el contenido de la ley, sino sobre el marco que la hacía aceptable o inaceptable. Como señala un análisis sobre polarización en España, «el encuadre que hacen los partidos» es uno de los factores clave que alimentan la hostilidad emocional, porque cada marco no solo describe, sino que juzga y moviliza.
La crisis migratoria de Ceuta en julio de 2026 nos ha ofrecido un ejemplo aún más nítido. El gobierno español enmarcó la llegada de migrantes como un «movimiento humanitario» y un «desafío de gestión fronteriza» que requería cooperación con Marruecos y la UE. La oposición y ciertos actores internacionales, sin embargo, enmarcaron ─y lo siguen haciendo─ el mismo acontecimiento como una «invasión» y una «amenaza a la seguridad nacional». La palabra «invasión» no es descriptiva; es performativa. Al nombrarlo así, se activa un marco militar que exige respuesta contundente, que deshumaniza a los migrantes y que legitima el cierre de fronteras. Elon Musk, al utilizar este marco en sus publicaciones, no estaba informando; estaba encuadrando para mover la percepción de millones de personas en una dirección determinada.
En el ámbito internacional, la guerra de Ucrania ha sido un ejemplo paradigmático de la lucha por el encuadre. Para Occidente, el conflicto es una «invasión ilegal» de un «país soberano» por parte de un «régimen autoritario»; para Rusia, es una «operación militar especial» para «desnazificar» y «proteger a la población rusófona». Los mismos tanques, los mismos bombardeos, las mismas víctimas; pero el marco determina si se trata de una guerra justa o una agresión, si los soldados rusos son invasores o liberadores, si Ucrania es una víctima o un títere de la OTAN. La propaganda rusa ha sido especialmente eficaz en instalar su marco en amplias audiencias del sur global, donde la palabra «OTAN» se asocia a expansión imperial y la palabra «operación especial» suena a intervención quirúrgica, no a guerra total.
El conflicto en Gaza ofrece otro ejemplo brutal de la batalla de marcos. Para Israel, la operación militar se enmarca como una «guerra de autodefensa» contra «terroristas» que usan a civiles como escudos humanos; para Hamás y sus partidarios, es una «resistencia» contra la «ocupación» y el «colonialismo». La palabra «terrorista» convierte a los combatientes palestinos en criminales sin legitimidad; la palabra «resistente» los convierte en luchadores por la libertad. El marco determina qué víctimas son lloradas y cuáles son números, qué bombardeos son «quirúrgicos» y cuáles son «masacres». Los periodistas que eligen una palabra u otra no están siendo neutrales; están encuadrando, y su encuadre tiene consecuencias políticas directas.
La ciencia política ha demostrado que el encuadre no solo afecta a las opiniones, sino a las políticas públicas. Un estudio clásico mostró que cuando un programa social se enmarca como «ayuda a los pobres», recibe menos apoyo que cuando se enmarca como «apoyo a la clase media» o «inversión en el futuro». El contenido era el mismo; el marco cambiaba la aceptación. En España, el debate sobre el impuesto a las grandes fortunas se enmarca por unos como «justicia fiscal» y por otros como «confiscación»; el debate sobre la vivienda se enmarca como «derecho» o como «mercado». Cada marco arrastra consigo un universo de valores, soluciones y legitimidades, y la ciudadanía decide no sobre los datos, sino sobre qué marco le resulta más coherente con su identidad y sus emociones.
El antídoto contra el encuadre manipulador es la conciencia lingüística. Preguntarse siempre: ¿por qué se ha elegido esta palabra y no otra? ¿Qué marco se está activando? ¿Qué queda fuera de ese marco? Cuando escuchamos «invasión», preguntémonos si hay otra forma de nombrar lo mismo que sea más precisa; cuando escuchamos «amnistía», preguntémonos qué significa para quienes la defienden y para quienes la atacan. El filósofo del lenguaje Ludwig Wittgenstein nos advirtió que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo; pero también podemos decir que quien controla el lenguaje controla el mundo político. Recuperar la capacidad de nombrar con precisión, de resistir los marcos impuestos y de construir marcos alternativos es una tarea democrática fundamental. No se trata de encontrar la palabra «correcta» —porque toda palabra es un marco—, sino de ser conscientes de que siempre estamos encuadrando, y de exigir que los encuadres sean honestos, completos y respetuosos con la complejidad de lo real.
En el próximo artículo analizaremos el sexto principio: el de simplificación, esa técnica que reduce una realidad compleja hasta que quepa en una sola idea, y que es el hermano gemelo del encuadre en la fabricación de la realidad.
martes, 8 de septiembre de 2026
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