El ser humano es un animal social, y como tal, está profundamente influido por la percepción de lo que los demás piensan y hacen. La presión de la mayoría no es solo un fenómeno sociológico; es un mecanismo psicológico profundo que moldea nuestras opiniones, nuestras decisiones y, en última instancia, nuestra identidad.
El principio de unanimidad fabricada explota esta vulnerabilidad: no se trata de convencer mediante argumentos, sino de crear la ilusión de que una posición es mayoritaria, inevitable, casi natural, para que quienes dudan o se oponen se sientan aislados, presionados o irrelevantes. Cuando una posición parece ser la de todos, ser la excepción exige un coraje que muchos no tienen. Y la unanimidad fabricada se convierte así en una profecía autocumplida: al hacer que algo parezca mayoritario, se generan las condiciones para que realmente lo sea.
Los trabajos pioneros de Elisabeth Noelle-Neumann sobre la «espiral del silencio» han sido claves para la definición de este tipo de técnicas de manipulación. Su teoría, formulada en los años setenta, demostró que las personas tienden a ocultar sus opiniones cuando creen que son minoritarias, por miedo al aislamiento social. Este silencio, a su vez, hace que la opinión mayoritaria parezca aún más dominante, reforzando la espiral.
La unanimidad fabricada es la manipulación deliberada de este mecanismo: en lugar de dejar que la espiral se forme de manera natural, los actores políticos y los agentes de desinformación la impulsan artificialmente, creando la apariencia de que una opinión es mayoritaria cuando en realidad no lo es. Los diferentes análisis consultados sobre campañas de desinformación, describen cómo generar esa sensación de unanimidad, de que todo el mundo piensa igual, es uno de los objetivos centrales de la manipulación masiva, porque quien se siente solo en sus convicciones tiende a callarlas, y quien las calla, las abandona.
En el contexto español, la unanimidad fabricada ha sido una estrategia recurrente en el debate territorial. Durante el auge del independentismo catalán, las encuestas y los sondeos fueron utilizados para crear la impresión de que la independencia era una opción mayoritaria, cuando en realidad el apoyo al sí oscilaba en torno al 40-45% y era muy sensible a las circunstancias.
Las manifestaciones multitudinarias, amplificadas por los medios afines, reforzaban la percepción de que «todos» los catalanes querían la independencia. La unanimidad fabricada no convencía a los indecisos; les hacía sentir que estaban solos si no se sumaban. Y al hacerlo, creaba una presión social que distorsionaba el debate político y dificultaba la búsqueda de soluciones de consenso.
El mismo mecanismo se ha utilizado en el ámbito de la inmigración. Durante la crisis de Ceuta en julio de 2026, la narrativa de la «invasión» fue amplificada hasta crear la impresión de que era la opinión mayoritaria en España. Sin embargo, los datos del CIS mostraban que la preocupación por la inmigración, aunque significativa, no era la principal para la mayoría de los españoles, y que las posiciones extremas eran minoritarias.
La unanimidad fabricada, alimentada por las publicaciones de Elon Musk y las redes de desinformación, creaba una realidad paralela donde la «invasión» era la única preocupación legítima y donde cualquier voz moderada o humanitaria era tachada de ingenua o traidora. El gobierno español ha denunciado que el 52% de la conversación en X sobre Ceuta era en español, pero cerca del 40% era en inglés, impulsada por usuarios estadounidenses que buscaban imponer el relato del «colapso de la seguridad». La unanimidad fabricada no era española; era una operación internacional para hacer que una posición minoritaria pareciera la voz de un país entero.
En el ámbito internacional, el Brexit británico es quizás el ejemplo más paradigmático de unanimidad fabricada. La campaña del «Leave» utilizó sistemáticamente encuestas y sondeos para crear la impresión de que la salida de la UE era la opción mayoritaria, incluso cuando las encuestas mostraban un empate técnico. Los carteles de la campaña, con lemas como «Take Back Control», se presentaban como la voz del pueblo británico, como si no hubiera millones de británicos que querían permanecer.
La unanimidad fabricada creó un clima de opinión que presionó a muchos indecisos a sumarse al bando que parecía ganador, y al final, el Brexit se impuso por un margen ajustado, pero con la percepción de que había sido un mandato popular abrumador. Como señala un análisis post-Brexit, «la fabricación de una mayoría ficticia fue clave para movilizar a los indecisos y desmovilizar a los partidarios del Remain».
En Estados Unidos, Donald Trump ha sido un maestro en la unanimidad fabricada. Sus mítines, multitudinarios y mediáticamente amplificados, creaban la impresión de que el apoyo a Trump era masivo y casi unánime. Las encuestas que le daban resultados favorables eran destacadas; las que le eran desfavorables, desacreditadas. En las redes sociales, bots y trolls amplificaban sus mensajes hasta hacerlos parecer tendencia global. La unanimidad fabricada no se limitaba a la percepción de apoyo, sino que se extendía a la percepción de normalidad: Trump logró que afirmaciones extraordinarias, como que las elecciones habían sido robadas, parecieran opiniones compartidas por millones, creando una realidad paralela donde lo falso se volvía mayoritario y, por tanto, difícil de cuestionar.
En América Latina, la unanimidad fabricada ha sido una herramienta central del populismo. En Venezuela, el chavismo ha utilizado sistemáticamente los medios de comunicación públicos y las redes sociales para crear la impresión de que el apoyo a Maduro es masivo y que la oposición es una minoría irrelevante. Las concentraciones oficiales, amplificadas por la televisión estatal, contrastaban con las encuestas independientes que mostraban un fuerte descontento.
La unanimidad fabricada no buscaba convencer a los opositores, sino desmoralizarlos, hacerles sentir que su lucha era inútil porque «todos» apoyaban al gobierno. En Brasil, Bolsonaro utilizó la misma estrategia: sus redes sociales, con millones de seguidores, creaban la impresión de que el bolsonarismo era la verdadera mayoría del país, cuando las elecciones mostraban una sociedad profundamente dividida.
La unanimidad fabricada también opera a través de los llamados «sondeos de opinión» diseñados para influir en lugar de medir. En España, se han documentado casos de encuestas encargadas por partidos políticos que son filtradas a medios afines para crear la impresión de que una opción política está en auge. La repetición de estos sondeos, aunque metodológicamente dudosos, genera una percepción de tendencia que puede influir en el voto de los indecisos y en la moral de los militantes. La unanimidad fabricada convierte la medición en manipulación, la encuesta en arma política.
La sociología política ha mostrado que la unanimidad fabricada es particularmente eficaz en combinación con la amplificación artificial y la saturación. Cuando un mensaje aparece en todas partes, desde múltiples fuentes, y además se nos dice que «todo el mundo» lo apoya, la resistencia se vuelve casi imposible. El cerebro humano, diseñado para la cooperación social, tiene dificultades para mantener una posición que percibe como minoritaria, porque el aislamiento activa las mismas regiones cerebrales que el dolor físico. La unanimidad fabricada explota esta arquitectura biológica para doblegar la voluntad crítica y fabricar consensos que no existen.
El antídoto contra la unanimidad fabricada es la práctica del pensamiento independiente y la búsqueda de datos fiables. Preguntarse siempre: ¿quién dice que esto es mayoritario? ¿Con qué datos? ¿Son encuestas serias, transparentes y representativas? Buscar fuentes de información que ofrezcan datos contrastados, no solo percepciones. Recordar que la historia está llena de mayorías fabricadas que resultaron ser minorías ruidosas, y que el coraje de sostener una posición impopular es a menudo la semilla de los cambios sociales más importantes.
John Stuart Mill afrimaba que la mayor parte de las opiniones mayoritarias no son verdaderas, son simplemente cómodas. La unanimidad fabricada nos ofrece comodidad, no verdad; y resistirla requiere la incomodidad de pensar por uno mismo, incluso cuando todos los demás parecen pensar lo contrario.
En el próximo artículo analizaremos el decimosexto principio: el de aislamiento informativo, esa técnica que construye un ecosistema donde todo lo que vemos termina confirmando lo que ya creemos, y que es la culminación de la estrategia de fragmentación de la realidad.

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