lunes, 28 de septiembre de 2026

Fabricando la realidad (18). Principio de normalización: repetir algo extraordinario hasta que deje de parecernos extraordinario

Hay un momento, casi imperceptible, en el que lo que nos parecía inaceptable deja de parecérnoslo. No porque haya cambiado nuestra moral, ni porque hayamos comprendido algo nuevo, sino simplemente porque lo hemos visto tantas veces que ya no nos sorprende. 

El principio de normalización consiste precisamente en eso: repetir algo extraordinario —una mentira, una violencia, un discurso de odio, una ruptura de la norma democrática— hasta que deje de parecernos extraordinario. La repetición no convence; acostumbra. Y el acostumbramiento es la forma más profunda de la manipulación, porque cuando algo se vuelve normal, deja de ser cuestionado. La normalización no nos hace creer que lo extraordinario es verdadero; nos hace creer que es inevitable, y por tanto, que no merece la pena resistirse.

La sociología y la psicología social han estudiado este fenómeno desde múltiples perspectivas. El concepto de «habituación» describe cómo la exposición repetida a un estímulo reduce nuestra respuesta emocional al mismo. Lo que al principio nos indigna, con el tiempo nos deja indiferentes. La teoría de la «ventana de Overton», formulada por el politólogo Joseph Overton, describe cómo las ideas que están fuera del espectro de lo aceptable pueden ser desplazadas gradualmente hacia el centro mediante la repetición y la normalización: lo que era impensable ayer se convierte en discutible hoy, y en aceptable mañana. 

El filósofo y sociólogo francés Jacques Ellul, en su obra sobre propaganda, advertía que la normalización opera a través de la «integración»: la repetición rutinaria de mensajes en la educación, el periodismo y la cultura va «incrustando valores y legitimando instituciones» hasta que se convierten en el nuevo sentido común. La normalización no es un accidente; es el objetivo último de toda propaganda duradera.

En el contexto español, la normalización del discurso de extrema derecha ha sido uno de los fenómenos políticos más significativos de la última década. Lo que hace unos años era considerado inaceptable —afirmaciones racistas, discursos de odio contra inmigrantes, teorías conspirativas como la del «reemplazo demográfico», propuestas de deportación masiva— ha ido ganando espacio en el debate público hasta convertirse en una opción política más. 

Un estudio longitudinal sobre las intervenciones parlamentarias en España durante las últimas tres décadas muestra un incremento significativo del discurso de odio, y señala que este aumento «puede contribuir a cambios sociales a largo plazo, incluyendo un aumento de las divisiones sociales y la normalización de puntos de vista extremistas». La politóloga Anna López sostiene que el «proceso de normalización de la extrema derecha ha sido mucho más rápido en España que en otros lugares de Europa», y las investigaciones confirman que «cuando la ultraderecha se normaliza, sus salidas de tono o posiciones extremas no escandalizan». La inclusión de Vox en gobiernos autonómicos y su creciente protagonismo en el debate público han contribuido a su «legitimación». Lo que antes era una anomalía se ha convertido en parte del paisaje político cotidiano.

La crisis migratoria de Ceuta en julio de 2026 ha sido un campo de pruebas para la normalización del discurso de odio. Mikel Mazkiaran, abogado y miembro de SOS Racismo, ha señalado la «normalización» de discursos «abiertamente discriminatorios» que «no se clasifican como racistas». El sindicato CGT ha advertido de que la «normalización de estos mensajes supone abrir la puerta a que distintos colectivos vulnerables puedan convertirse sucesivamente en chivos expiatorios». La normalización no convierte el odio en amor; lo convierte en algo sobre lo que no merece la pena indignarse. Y cuando la indignación desaparece, la resistencia se vuelve más difícil.

El caso de los pseudomedios y los agitadores ultras en España es otro ejemplo de normalización en acción. Figuras como Vito Quiles y Bertrand Ndongo, ligados al ecosistema de Vox, han convertido cada intervención parlamentaria en una «performance», y su presencia en el debate público, aunque inicialmente escandalosa, se ha ido normalizando hasta el punto de que el Gobierno ha tenido que impulsar un plan con seis leyes para combatir la actuación de los pseudomedios. La normalización no significa que lo extraordinario haya dejado de ser extraordinario; significa que nos hemos acostumbrado a él, y ese acostumbramiento es precisamente lo que permite que siga ocurriendo.

No podemos dejar de mencionar a Valeria Racu, del Sindicato de Inquilinas, poniendo los puntos sobre las íes en una intervención televisiva, a raíz de la muy reciente acampada de Sol, con reminiscencias del hartazgo del 15M: «¿En qué momento hemos igualado el derecho a la vivienda con el derecho a la especulación?».

En el ámbito internacional, la normalización de la guerra en el discurso público es uno de los ejemplos más preocupantes. En Italia, se ha documentado una «progresiva normalizzazione della guerra nel discorso pubblico e nella vita quotidiana», que incluye la militarización de la sociedad, la exaltación de la fuerza, la presencia constante de uniformes en el espacio público y la propaganda que transformaba la guerra en destino nacional. 

En Rusia, la retórica nuclear se ha normalizado en la cúpula parlamentaria, con diputados pidiendo abiertamente ataques nucleares como si fueran una opción política más. Lo que hace una década habría sido impensable —discutir el uso de armas nucleares en un parlamento— se ha convertido en una declaración rutinaria. La normalización no hace que la guerra sea más aceptable moralmente; la hace más aceptable psicológicamente, y al hacerlo, allana el camino para que ocurra.

La normalización de la mentira en la vida política es quizás el ejemplo más universal de este principio. En Perú, se ha propuesto sancionar penalmente la «normalización de la mentira en la vida política», reconociendo que cuando la mentira se convierte en un recurso político habitual, la verdad pierde valor público. 

En España, el líder de la oposición ha prometido «sacar a España de la normalización de la mentira», y un análisis señala que «la normalización de la mentira es el germen de la desafección, y ésta de la abstención o el abrazo de los extremos populistas». La normalización de la mentira no convence a nadie de que la mentira sea verdad; convence a todos de que la verdad no importa. Y cuando la verdad no importa, cualquier cosa es posible, como bien nos mostró Hannah Arendt.

El caso de Palestina es un ejemplo extremo de normalización de lo anormal. Desde la creación del Estado de Israel, lo ocurrido en Palestina ha ido acompañado de un adoctrinamiento que normaliza la distorsión de los derechos y valores humanos en el mundo. Un niño palestino amputado, o decenas de miles mutilados en Gaza, se han convertido en «una noticia» más, no porque su sufrimiento sea menos real, sino porque la repetición de la violencia ha ido erosionando nuestra capacidad de asombro. 

La normalización no elimina el sufrimiento; lo hace invisible a nuestros ojos, y por tanto, irrelevante para nuestra acción política. Al hacerlo en el momento en que nos estamos alimentando, con todas nuestras defensas bajas y la atención desenfocada, el proceso de normalización del sufrimiento se desplaza hacia el hartazgo y la desafección.

La sociología política ha mostrado que la normalización es la culminación de todos los principios anteriores. La simplificación, la fragmentación, la descontextualización, la saturación, la amplificación artificial, la unanimidad fabricada y el aislamiento informativo son herramientas que preparan el terreno para la normalización. 

Cuando la realidad ha sido fragmentada, el contexto eliminado, la información saturada y las voces discrepantes aisladas, lo extraordinario puede ser repetido sin contradicción, sin escándalo, sin resistencia. La normalización no es un principio más; es el objetivo final de toda la arquitectura de la manipulación porque la manipulación busca la normalización y la banalización de las tropelías e ilegalidades que se acometen. La manipulación no quiere que creamos algo falso; quiere que dejemos de intentar distinguir lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto, lo aceptable de lo inaceptable.

El antídoto contra la normalización es la práctica de la extrañeza deliberada. Mantener viva la capacidad de asombrarse, de indignarse, de decir «esto no es normal» incluso cuando todos los demás parecen haberlo aceptado. 

Preguntarse siempre: ¿hace un año, esto me habría parecido aceptable? ¿Hace cinco años? ¿Hace diez? Si la respuesta es no, entonces algo ha cambiado, y ese cambio no es necesariamente progreso; puede ser normalización. Buscar referentes históricos que nos recuerden que lo que hoy parece normal ayer era impensable, y que lo que hoy parece inevitable mañana puede ser reversible. 

Y, sobre todo, resistir la tentación de la resignación, de la fatiga, de la creencia de que «siempre ha sido así» o «no se puede hacer nada». La normalización nos ofrece la comodidad de la aceptación; la democracia necesita la incomodidad de la resistencia. Theodor Adorno, uno de los padres de la teoría crítica de la sociedad, de la Escuela de Frankfurt, mantenía que la única forma de resistir la barbarie es no acostumbrarse a ella. Y no acostumbrarse a ella es, precisamente, lo que la normalización intenta impedir.

En el próximo artículo analizaremos el decimoctavo principio: el de agotamiento por confrontación, esa técnica que nos mantiene tan ocupados reaccionando, defendiendo y atacando que ya no queda energía para comprender, y que es el siguiente paso en la estrategia de desmovilización de la ciudadanía.


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