La historia no se repite, pero rima. La frase atribuida apócrifamente a Mark Twain adquiere una densidad analítica inusitada cuando se observa la acampada de la Puerta del Sol que, durante el último fin de semana, ha vuelto a convertir el kilómetro cero de Madrid en un hervidero de tiendas de campaña, asambleas improvisadas y consignas contra el rentismo.
Quienes vivieron el 15M reconocen el guion: la ocupación del espacio simbólico, la organización por comisiones, la efervescencia de una ciudad efímera que se levanta en cuestión de horas. Pero la repetición no es un accidente ni una simple nostalgia. Responde a una lógica profunda que la sociología de los movimientos sociales ha identificado desde hace décadas: los actores colectivos no inventan sus formas de protesta desde cero, sino que seleccionan de un repertorio limitado, históricamente construido y culturalmente disponible.
Charles Tilly acuñó el concepto de repertorio de acción colectiva para designar precisamente ese conjunto restringido de actuaciones que una población dada conoce, domina y puede desplegar en un contexto determinado. Como en el jazz o la commedia dell’arte, los movilizados tienen varias piezas que pueden tocar, pero no una infinidad. La acampada de Sol de 2026 no es una excepción: es la enésima interpretación de una partitura cuyos compases se escribieron hace más de un siglo.
Esa continuidad se aprecia con especial claridad cuando se comparan las trayectorias de movilización en Francia, Italia y España. A pesar de sus diferencias institucionales y de sus culturas políticas divergentes, los tres países comparten un patrón recurrente: ciclos de protesta que se activan ante crisis económicas o políticas, se difunden rápidamente entre sectores sociales diversos y adoptan formas de acción que ya han sido probadas en episodios anteriores.
Sidney Tarrow definió el ciclo de protestas como una fase de intensificación del conflicto social que incluye una rápida difusión de la acción colectiva de los sectores más movilizados a los menos movilizados, un ritmo acelerado de innovación en las formas de confrontación y la creación de marcos nuevos o transformados para la acción.
Francia, con su tradición de huelgas generales y manifestaciones callejeras; Italia, con sus movimientos urbanos y sus autoriduccione; y España, con sus acampadas y sus paros generales, han recorrido cíclicamente esa secuencia sin que ninguno de ellos haya inventado un repertorio radicalmente distinto. Las diferencias son de intensidad y de contexto, no de gramática profunda.
El caso español es un observatorio privilegiado para analizar esta persistencia. Desde la Transición, España ha vivido diez huelgas generales de convocatoria sindical (1985, 1988, 1992, 1994, 2002, 2003, 2010, 2012 —marzo y noviembre—, además de las huelgas feministas de 2018 y 2019), y cada una de ellas ha reactivado un repertorio que combina la presión en la calle con la negociación institucional.
La huelga general del 14 de diciembre de 1988, convocada por CCOO y UGT contra la reforma laboral del Gobierno socialista, paralizó el país y se convirtió en un hito porque demostró que la movilización sindical podía doblegar la voluntad de un Ejecutivo del propio signo político. La del 20 de junio de 2002, ya con el PP en el Gobierno, repitió el esquema: paro de 24 horas, manifestaciones masivas y una negociación posterior que moderó algunos aspectos de la reforma del desempleo. Las huelgas de 2010 y 2012, en plena crisis de la deuda soberana, volvieron a activar el mismo dispositivo, aunque con menor seguimiento y mayor desgaste.
En todos los casos, el repertorio fue el mismo: la huelga general como forma de acción, la manifestación como escenificación del conflicto y la negociación como salida.
Pero el repertorio español no se agota en la huelga general. Barcelona, a principios del siglo XX, ya había ensayado las formas de protesta que reaparecerían un siglo después. La Semana Trágica de julio de 1909, desencadenada por el embarque de tropas para la guerra de Marruecos y sofocada con una represión brutal que dejó 104 civiles muertos y cinco ejecuciones, fue la primera gran insurrección urbana del movimiento obrero español. Los trabajadores convocaron una huelga general, se levantaron barricadas y la ciudad se convirtió en un campo de batalla durante siete días.
Aquel episodio dejó una huella profunda: demostró que la ocupación del espacio público y la confrontación directa con el Estado eran formas eficaces —aunque costosas— de visibilizar el conflicto social. Un siglo más tarde, las acampadas del 15M recuperaron esa lógica de ocupación, aunque despojada de la violencia y reorientada hacia la construcción de una comunidad deliberativa en la plaza.
El 15M de 2011 marcó un punto de inflexión en el repertorio español. El 15 de mayo de aquel año, la plataforma Democracia Real Ya convocó una manifestación que reunió a miles de personas en toda España y acabó con altercados y 24 detenidos. Esa noche, unas 30 personas acamparon en la Puerta del Sol para reclamar un cambio político y social; fue el germen del movimiento. En los días siguientes, la acampada creció hasta convertirse en una ciudad dentro de la ciudad, con comisiones de trabajo, servicios de enfermería, comedores populares y asambleas diarias que se convirtieron en el corazón del movimiento. La organización asamblearia no fue un invento del 15M: ya estaba presente en las sociedades obreras de principios del siglo XX y en los movimientos vecinales de los años setenta, pero el 15M la elevó a principio constitutivo y la sistematizó hasta hacerla replicable. El campamento se convirtió en la modalidad de acción privilegiada, y su ejemplo se difundió rápidamente a otras ciudades españolas y europeas: los indignados griegos siguieron el modelo español, y el movimiento Occupy adoptó la ocupación de plazas como forma de protesta.
La acampada de Sol de septiembre de 2026 reproduce ese esquema con una fidelidad casi litúrgica. La chispa ha sido el desahucio de Maricarmen Abascal, una anciana de 87 años, el miércoles 23 de septiembre, en Madrid. La imagen ha conmovido al país, desencadenando una serie de manifestaciones contra los desahucios y por el derecho a la vivienda, capitalizadas por el Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Madrid. El sábado 26, unas 25.000 personas, según la Delegación del Gobierno —300.000 según los convocantes—, han marchado bajo el lema «Ni una Maricarmen más» y, al término de la marcha, centenares de personas han acampado en Sol.
La acampada ha sido organizada con la misma lógica que en 2011: una carpa central, comisiones de trabajo, donaciones de comida y agua, y asambleas para deliberar sobre las acciones a seguir. Las consignas también resuenan con ecos del pasado: «O cae el rentismo o cae el Gobierno», «Hace falta ya una huelga de alquileres, hace falta ya una huelga general», «Madrid será la tumba del rentismo». La conexión con el 15M es explícita: quienes participaron en las acampadas de 2011 reconocen el guion, y los más jóvenes, que entonces eran niños, viven ahora su propio momento de efervescencia colectiva.
La pregunta que surge inevitablemente es por qué los movimientos sociales repiten estos esquemas. La respuesta no es la falta de imaginación, sino la eficacia del repertorio disponible. Tilly observó que los cambios en los repertorios son incrementales y raros: las innovaciones radicales son excepcionales, y la mayoría de las transformaciones se producen dentro de los límites establecidos por el repertorio preexistente.
Esto ocurre porque los actores colectivos no eligen sus formas de acción en un vacío, sino en un contexto histórico concreto que les ofrece un conjunto limitado de opciones legítimas y eficaces. La acampada funciona porque ocupa un espacio simbólico, genera visibilidad mediática, permite la construcción de una identidad colectiva y obliga a las autoridades a posicionarse. La huelga general funciona porque paraliza la producción y ejerce presión sobre el Gobierno y los empresarios. Son formas que ya han demostrado su eficacia en el pasado, y por eso se repiten.
La comparación con Francia e Italia refuerza esta interpretación. En Francia, el repertorio de protesta ha estado históricamente dominado por la huelga general y la manifestación callejera, con una tradición de confrontación con el Estado que se remonta a la Revolución y que se ha mantenido viva a lo largo de los siglos XIX y XX.
En Italia, los movimientos urbanos de los años sesenta y setenta desarrollaron formas de acción como la autoriduccione (reducción autónoma de precios y tarifas) y la ocupación de viviendas, que luego fueron recuperadas por los movimientos antiglobalización y, más tarde, por las acampadas de los indignados.
En España, el repertorio ha combinado la huelga general, la manifestación y, desde 2011, la acampada en plazas. En los tres casos, los ciclos de protesta se han activado en momentos de crisis económica y política, y han seguido una secuencia similar: indignación, movilización, difusión, institucionalización y, finalmente, declive o transformación.
La acampada de Sol de 2026 no es, por tanto, un fenómeno aislado ni una novedad radical. Es la manifestación más reciente de un ciclo de protestas que se remonta al menos a la crisis de 2008 y que tuvo en el 15M su expresión más emblemática.
La conexión con las huelgas generales y con el movimiento sindical de Barcelona de principios del siglo XX no es una simple analogía historicista: es el reconocimiento de que los movimientos sociales, en España y en Europa, han construido a lo largo del tiempo un repertorio limitado de formas de acción que siguen utilizando porque siguen funcionando. La acampada, la huelga general, la manifestación y la ocupación del espacio público son las piezas de ese repertorio, y su repetición no es un signo de agotamiento, sino de continuidad.
Tarrow afirmaba que los ciclos de protesta son fases de intensificación del conflicto que se difunden rápidamente y que transforman los marcos de la acción colectiva. La acampada de Sol de 2026 es, en este sentido, un nuevo capítulo de una historia que empezó mucho antes y que, previsiblemente, seguirá escribiéndose con los mismos mimbres.
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Bibliografía
Bernhard, L., Fossati, F., Hänggli, R., & Kriesi, H. (2019). Action repertoires for shaping the debates. En Debating unemployment policy: Political communication and the labour market in Western Europe (pp. 173-188). Cambridge University Press.
Pickvance, C. (1985). The rise and fall of urban movements and the role of comparative analysts. Environment and Planning D: Society and Space, 3(1), 31-53.
Tarrow, S. (1997). El poder en movimiento: Los movimientos sociales, la acción colectiva y la política. Alianza Editorial.
Tilly, C. (1978). From mobilization to revolution. Addison-Wesley.
VV.AA. (2011). Los indignados han recurrido de manera amplia a dos modalidades de acción, la marcha y el campamento. Revista FLACSO Ecuador, (87), 111-128.

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