martes, 29 de septiembre de 2026

Fabricando la realidad (19). Principio de agotamiento por confrontación: mantenernos tan ocupados reaccionando, defendiendo y atacando que ya no quede energía para comprender

No podemos dejar de mencionar que la democracia, en su ideal más puro, es un espacio de deliberación donde ciudadanos y representantes confrontan ideas para construir el bien común. Parlamento tiene su origen etimológico en una palabra que significa «hablar». Además, las democracias se asientan sobre el principio del gobierno para la mayoría posible de personas, lo que implica pacto, negociación, en definitiva, hablar entre diferentes.

Pero hay una diferencia profunda entre la confrontación de ideas y la confrontación permanente. La primera es el motor del progreso; la segunda es su enemigo. El principio de agotamiento por confrontación consiste en mantenernos tan ocupados reaccionando, defendiendo y atacando que ya no quede energía para comprender. No se trata de ganar un debate, sino de hacer que el debate nunca termine. De mantener a la ciudadanía en un estado de alerta constante, donde cada declaración es una provocación, cada desacuerdo una traición y cada crisis una oportunidad para atacar al adversario. 

Cuando la política se convierte en una guerra de desgaste, el cansancio reemplaza al juicio, la fatiga a la reflexión y la indiferencia a la participación. La confrontación permanente no busca convencer; busca agotar. Y el agotamiento es la forma más eficaz de desmovilización política.

La ciencia política ha estudiado este fenómeno bajo el concepto de «polarización afectiva»: el sesgo emocional favorable al propio grupo y la animadversión hacia el adversario. La V Encuesta Nacional de Polarización Política del CEMOP (2025) confirma que la polarización en España ya no se manifiesta principalmente como discrepancia ideológica, sino como «un clima emocional de confrontación permanente». 

El 70,1% de la ciudadanía considera que el nivel de crispación política es hoy mayor que hace un año, frente a apenas un 2,4% que cree que ha disminuido. No es solo que la política vaya peor; es que la percepción de conflicto se ha convertido en el marco dominante a través del cual los ciudadanos interpretan la realidad. La política se percibe como «conflicto constante y no como espacio de resolución de problemas».

El sociólogo Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, describió cómo hemos pasado de una sociedad disciplinaria a una sociedad del rendimiento, donde ya no es el poder el que nos impone la carga, sino nosotros mismos quienes nos exigimos cada vez más. 

En el ámbito político, esto se traduce en una hiperactividad que nos mantiene permanentemente movilizados: la necesidad de estar informados y opinar sobre todo, la urgencia de demostrar compromiso político constante, la exigencia incesante de presencia digital y activismo permanente. «Creemos que participamos libremente, pero en realidad nos estamos sometiendo a una exigencia incesante de producción política», escribe el analista. El ciudadano hiperconectado es, en muchos casos, «un trabajador incansable de su propia identidad pública».

En España, esta dinámica ha alcanzado una intensidad que ya no puede explicarse como mera tensión coyuntural. La política española atraviesa una fase de polarización estructural. Todo ocurre como si el país viviera instalado en una campaña electoral infinita donde cada declaración, cada crisis y cada debate estuvieran diseñados no para resolver problemas, sino para alimentar titulares inmediatos y desgaste político constante. Una pandemia, una crisis energética, una emergencia sanitaria o una negociación internacional duran exactamente el tiempo que tardan en transformarse en munición partidista. 

Después desaparecen sepultadas bajo el siguiente escándalo, la siguiente polémica o el siguiente enfrentamiento televisivo.

El agotamiento por confrontación tiene consecuencias profundas para la democracia. En primer lugar, deteriora la confianza pública. Cuando todo se convierte en propaganda, los ciudadanos dejan lentamente de creer en cualquier relato institucional. La sensación de que nada es completamente verdad y de que todo responde únicamente a intereses partidistas genera una desafección que abre la puerta a los extremos populistas. En segundo lugar, desvía la atención de los problemas reales. El ruido constante y la permanente confrontación por todo desvían la atención de los problemas ciudadanos. Cuestiones estructurales como la vivienda, la precariedad juvenil o la transformación tecnológica aparecen y desaparecen rápidamente  sepultadas bajo la lógica del enfrentamiento permanente.

El caso de Aragón es un ejemplo paradigmático de cómo la confrontación permanente acaba alimentando aquello que dice combatir. El Partido Popular convocó elecciones autonómicas anticipadas argumentando que necesitaba liberarse del condicionamiento de Vox. La apuesta, sin embargo, no solo no ha cumplido ese objetivo, sino que ha producido el efecto contrario: el PP pierde escaños y Vox refuerza de manera significativa su presencia. 

 La lección es clara: la polarización no debilita al populismo, lo alimenta. Cada vez que el debate político se reduce a bloques irreconciliables, quienes mejor se mueven en ese terreno son precisamente las fuerzas que hacen de la confrontación su principal activo. Cuando el centro se estrecha, el espacio que queda libre lo ocupan los extremos.

La crisis de Ceuta en julio de 2026 ha sido otro campo de batalla donde la confrontación permanente ha impedido cualquier atisbo de unidad nacional. El editorial de El Mundo, Desidia, distopía y confrontación, describía cómo el presidente del Gobierno, lejos de hacerse cargo de la grave crisis, se mostró como un presidente ajeno a la realidad y recurrió a la estrategia conocida en él: enrocamiento, manipulación de los hechos y confrontación, en este caso ya no solo con la oposición, sino apuntando al jefe del Estado. La crisis multidimensional que requería un liderazgo a la altura se convirtió en otro episodio de la guerra de desgaste entre actores políticos. Ante la ausencia de gestión, la receta, una vez más, es azuzar la división.

El catedrático de Ciencia Política Xavier Coller ha advertido de que «la manera en que se gestiona públicamente la política aleja progresivamente a capas amplias de la población». Sus datos de encuesta muestran que más de la mitad de la población «mejoraría su visión de la política si se hiciera un esfuerzo por alcanzar acuerdos». Y sin embargo, la lógica del conflicto domina el escenario, haciendo «muy difícil llegar a esos acuerdos». Los votantes de PP, PSOE y Sumar-Podemos están de acuerdo en que mejorarían su visión de la política si hubiera más acuerdos; solo los votantes de Vox se muestran menos favorables. La mayoría de la ciudadanía quiere menos confrontación, pero la dinámica política se empeña en ofrecerle más.

El agotamiento por confrontación no es un accidente; es una estrategia. La conversación pública ha dejado de girar en torno a propuestas y soluciones. Ahora se trata de identidades impuestas. Se ha instalado la idea de que quien no está de un lado, forzosamente pertenece al otro.  En este juego de trincheras, la verdadera política –esa que debería atender los problemas reales de la gente– se convierte en un espectáculo de polarización. La ciudadanía queda reducida a una audiencia pasiva, aplaudiendo o abucheando según el guion preestablecido.

El antídoto contra el agotamiento por confrontación es la recuperación de la política como espacio de construcción colectiva. Exigir que el debate público no se limite a la reacción inmediata, sino que incluya propuestas y soluciones. Rechazar la lógica de la trinchera y reivindicar el valor del acuerdo y el matiz. 

Desconectar del ruido permanente y dedicar tiempo a la comprensión profunda. Y, sobre todo, no dejarse arrastrar por la fatiga que la confrontación permanente intenta inducir. El filósofo mencionado más arriba, Byung-Chul Han, nos muestra que la sociedad del cansancio nos convence de que estamos agotados para que aceptemos el orden existente. La resistencia al agotamiento es, en sí misma, un acto político.

En el próximo artículo analizaremos el decimonoveno y último principio: el de conflicto horizontal, esa técnica que dirige nuestra frustración hacia otros como nosotros en lugar de hacia las estructuras que producen el problema, y que cierra el círculo de la fabricación de la realidad.


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