miércoles, 30 de septiembre de 2026

Fabricando la realidad (20). Principio de conflicto horizontal: dirigir nuestra frustración hacia otros como nosotros en lugar de hacia las estructuras que producen el problema

Hemos recorrido dieciocho técnicas de manipulación, organizados como principios, y todos ellos comparten una característica común: nos distraen, nos confunden, nos aíslan, nos cansan.

Este último principio es quizás el más sutil y, al mismo tiempo, el más decisivo. El principio de conflicto horizontal consiste en desviar la frustración, la ira y el resentimiento de la ciudadanía hacia otros que están en una posición similar —otros trabajadores, otros inmigrantes, otras regiones, otros colectivos— en lugar de hacia las estructuras de poder que realmente producen los problemas. 

Cuando el conflicto es horizontal, las élites pueden observar desde arriba cómo los de abajo se enfrentan entre sí, mientras ellas permanecen intactas. No se trata de eliminar el conflicto, sino de canalizarlo en una dirección que no amenace el orden establecido. Y la dirección elegida es siempre la del otro, la del semejante, la del que está al lado y no la del que está arriba.

La sociología política ha estudiado este fenómeno desde los clásicos. Karl Marx ya advertía que la lucha de clases podía ser desviada por «falsas conciencias» que hicieran a los trabajadores ver en otros trabajadores a sus enemigos. Pierre Bourdieu, en La distinción, mostró cómo las clases populares a menudo dirigen su resentimiento hacia los sectores más vulnerables que hacia las élites que realmente acumulan el capital. Pero quizás quien mejor describió este mecanismo fue el sociólogo alemán Wilhelm Reich, en Psicología de masas del fascismo, cuando explicó cómo el nazismo logró que los obreros alemanes odiaran a los judíos y a los comunistas en lugar de a los industriales que los explotaban. 

El conflicto horizontal es la forma más depurada de la dominación: hacer que los dominados se odien entre sí.

En el contexto español, el conflicto horizontal se manifiesta en múltiples registros. El enfrentamiento entre bloques políticos —izquierda contra derecha, nacionalistas contra constitucionalistas— es el más visible, pero no es el único. 

En las redes sociales, la confrontación se da entre ciudadanos comunes, vecinos, compañeros de trabajo, que se insultan y se descalifican como si fueran enemigos irreconciliables. La crispación y la polarización están poniendo a prueba los vínculos humanos en el ámbito educativo: directores que temen que «el independentismo se cuele» en las escuelas, mientras el Gobierno insiste en que la educación en Cataluña no es un «problema». El conflicto horizontal convierte a los padres y maestros en adversarios, mientras la estructura del sistema educativo —financiación, ratios, currículo— permanece intacta.

El debate sobre la vivienda, que ha eclosionado con la acampada de Sol el 26S, es otro campo donde el conflicto horizontal opera con eficacia. En lugar de dirigir la ira contra los fondos de inversión, los grandes tenedores y las políticas de liberalización del suelo que han encarecido el acceso a la vivienda, la frustración se canaliza hacia los inmigrantes, a los que se acusa de «ocupar» las viviendas, o hacia los inquilinos que «no pagan». 

En los bloques de vecinos, el conflicto se da entre los que llegan y los que ya estaban; entre los que tienen un contrato de alquiler antiguo y los que pagan el precio de mercado; entre los propietarios y los inquilinos. Mientras tanto, la estructura que genera la escasez —el mercado financiero, la desregulación, la falta de vivienda pública— sigue funcionando sin ser cuestionada. 

El conflicto horizontal mantiene a los ciudadanos ocupados en peleas entre ellos, impidiendo que se organicen contra quienes realmente deciden el precio y la disponibilidad de la vivienda.

La crisis migratoria de Ceuta en julio de 2026 es otro ejemplo de cómo el conflicto horizontal desvía la atención. La narrativa de la «invasión» ha convertido a los migrantes en el enemigo a batir, cuando en realidad son personas que huyen de la pobreza y la violencia, que comparten con los españoles de clase trabajadora muchos de los mismos problemas: precariedad, falta de oportunidades, vivienda inaccesible. 

Al enfrentar a los españoles con los migrantes, el discurso de la extrema derecha impide que ambos colectivos se reconozcan como aliados potenciales en la lucha por mejores condiciones de vida. Como señala un análisis, la «instrumentalización de la migración como gasolina electoral» no solo deshumaniza a los migrantes, sino que convierte a los trabajadores españoles en verdugos de sus propios compañeros de clase.

En el ámbito internacional, el conflicto horizontal ha sido una herramienta central de los regímenes populistas y autoritarios. En Estados Unidos, Donald Trump ha dirigido sistemáticamente la ira de sus seguidores contra los inmigrantes, los «globalistas» y la izquierda, mientras que las políticas fiscales que benefician a los más ricos y las desregulaciones que favorecen a las grandes corporaciones pasan desapercibidas. 

El conflicto horizontal mantiene a los trabajadores blancos enfrentados a los inmigrantes y a las minorías, impidiendo que se unan en una lucha común contra la desigualdad creciente. En Brasil, Bolsonaro dirigió la frustración contra el «comunismo» y la «ideología de género», mientras recortaba derechos laborales y protegía a los grandes terratenientes. 

En Hungría, Orbán enfrentó a los húngaros con los inmigrantes musulmanes y con la «burocracia de Bruselas», mientras concentraba el poder y desvíaba fondos públicos hacia sus aliados.

El conflicto horizontal no es solo una estrategia de los populismos de derecha. También opera en el seno de los movimientos progresistas, cuando las luchas sectoriales —feministas, ecologistas, LGTBI, antirracistas— se enfrentan entre sí en lugar de articularse en un frente común contra el poder económico y político. 

La fragmentación de los movimientos sociales es, en cierto modo, un conflicto horizontal: cada colectivo lucha por su propia causa, a menudo en competencia con otros, mientras que la estructura del poder permanece unificada y sólida. Como señala la teoría de la interseccionalidad, las opresiones no son compartimentos estancos, sino sistemas interconectados; pero el conflicto horizontal tiende a aislar cada lucha, debilitando su capacidad transformadora.

El conflicto horizontal también se manifiesta en el ámbito territorial. En España, el enfrentamiento entre Cataluña y el resto del Estado, o entre las comunidades autónomas ricas y las pobres, es un conflicto horizontal que desvía la atención de las estructuras de poder reales: la financiación autonómica, el sistema de redistribución, la arquitectura del Estado. 

En lugar de preguntarse por qué el sistema fiscal es injusto o por qué la solidaridad interterritorial funciona mal, los ciudadanos se enfrentan entre sí: unos acusan a los catalanes de «privilegios», otros acusan a los andaluces de «vivir del cuento». El conflicto horizontal impide ver que los responsables de la desigualdad territorial no son los ciudadanos de unas regiones u otras, sino las decisiones políticas tomadas en Madrid y en Bruselas, y los intereses económicos que las condicionan.

La sociología política ha mostrado que el conflicto horizontal es particularmente eficaz porque explota la proximidad. Es más fácil odiar a quien está cerca, a quien es visible, a quien compite por el mismo trabajo, la misma vivienda, la misma escuela. El poder, en cambio, es abstracto, distante, invisible. 

Los grandes inversores, los fondos de capital riesgo, los responsables de las políticas de vivienda, los diseñadores de las reformas laborales no están en el barrio; no se ven en el supermercado ni en el autobús. El conflicto horizontal canaliza la ira hacia lo cercano, y al hacerlo, protege lo lejano. Como describía el filósofo Slavoj Žižek, la ideología no es una ilusión que oculta la realidad, sino la propia realidad en su funcionamiento; y el conflicto horizontal es una de las formas más eficaces de esa ideología en acción.

El antídoto contra el conflicto horizontal es la práctica de la solidaridad transversal. Reconocer que el inmigrante, el vecino del bloque de al lado, el trabajador de la misma fábrica, el ciudadano de otra comunidad autónoma, no es el enemigo, sino un aliado potencial en la lucha contra las estructuras que nos oprimen a todos. 

Preguntarse siempre: ¿quién se beneficia de que yo odie a esta persona? ¿Qué poder permanece intacto mientras nosotros nos enfrentamos? Construir puentes, no muros; alianzas, no trincheras. Y, sobre todo, levantar la mirada: no mirar al lado, sino hacia arriba. Las palabras de Bertolt Brecht, «la peor lucha es la que no se hace», resuenan en los corazones de los que vivimos este aparente caos de sociedad. Pero también podríamos decir: la lucha más inútil es la que se hace contra el compañero de infortunio en lugar de contra el arquitecto del infortunio.

Con esta técnica de manipulación cerramos este recorrido por los diecinueve mecanismos de la fabricación de la realidad. 

Hemos visto cómo se construye el enemigo, cómo se fabrica el miedo, cómo se asocian emociones a ideas, cómo se deshumaniza al otro, cómo se encuadra la realidad, cómo se simplifica, se fragmenta, se descontextualiza, se reducen las opciones a dos, se personalizan los mensajes, se renueva la atención, se satura de información, se orquesta el consenso, se amplifica artificialmente, se fabrica la unanimidad, se aísla en burbujas, se normaliza lo extraordinario, se agota con confrontación y, finalmente, se desvía el conflicto hacia los semejantes. No es una conspiración, sino una arquitectura. 

No es un complot, sino un sistema. Y conocerlo es el primer paso para desmontarlo. Porque la realidad se puede fabricar, pero también se puede defender. Y la defensa comienza por saber cómo se construye.


1 comentario:

  1. Gracias por "Fabricando..."y también por el resto de bluits. Una visión realista del momento q nos ha tocado vivir.

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