En el imaginario político de nuestras sociedades contemporáneas habita una criatura tan deseada como esquiva, un ser cuya existencia todos invocan pero que nadie ha logrado ver jamás: el partido de centro.
Se nos presenta como la solución mágica a la polarización, el antídoto contra los extremismos, la voz de la razón en medio del ruido. Pero, ¿qué es realmente el centro político? ¿Una ubicación ideológica, una estrategia electoral o, más bien, una entelequia, un unicornio que solo existe en la imaginación de quienes, hastiados del conflicto, sueñan con una armonía que las reglas mismas del juego político parecen contradecir?
Para desentrañar este mito, debemos primero entender el terreno donde se libra la batalla.
La ciencia política nos enseña que los sistemas de organización social no son compartimentos estancos, sino que se despliegan a lo largo de un continuum. En un extremo se sitúa el totalitarismo, donde el poder se concentra de manera absoluta y la sociedad civil es anulada. En el otro extremo, utópico y probablemente inalcanzable, se encuentra la autogestión anarquista, donde no existe un poder centralizado y la organización surge de la libre asociación.
Entre ambos polos, se suceden y mezclan modelos dictatoriales, presidencialistas, democracias limitadas, sistemas parlamentarios y asamblearios. Cada sociedad, en un momento dado, ocupa una posición en este espectro, a menudo en tensión entre fuerzas que pugnan por desplazarla hacia uno u otro lado.
Del mismo modo, los partidos políticos, más allá de su maquillaje como «catch-all parties» o formaciones transversales, basan sus propuestas en ideas que pueden situarse en ese mismo continuum. Una formación que aboga por un ejecutivo fuerte y una mínima intervención social se acercará al polo autoritario, mientras que otra que promueve la descentralización radical y la participación directa se aproximará al anarquista.
El eje izquierda-derecha, tan manido, es una simplificación de esta compleja geometría. La verdadera disputa no es entre dos bloques simétricos, sino entre distintas concepciones sobre cómo debe distribuirse el poder y organizarse la convivencia.
Es aquí donde el concepto de «partido de centro» revela su naturaleza quimérica. La idea misma de un centro presupone la existencia de una línea recta entre dos extremos, como si la política fuera un simple segmento con un punto medio equidistante.
Esta noción, profundamente errónea, hunde sus raíces en una historia de pueblos acostumbrados a la verticalidad del poder, a ser súbditos y parroquianos, en la clásica nomenclatura de Almond y Verba. En aquellas sociedades, la política era cosa de unos pocos y la masa solo participaba para aclamar o padecer. Bajo esa lógica, el «centro» era simplemente el espacio de los que no se atrevían a desafiar al poder establecido ni a subvertirlo, un lugar de prudencia y, a menudo, de complicidad silenciosa.
Sin embargo, las sociedades verdaderamente parlamentarias se fundan en un principio radicalmente distinto: la diversidad. No buscan un punto medio entre dos opciones, sino que crean un espacio donde múltiples voces puedan hablar (parlare), parlamentar, negociar y, finalmente, llegar a acuerdos.
La política no es un ring donde dos púgiles se enfrentan, sino una mesa de negociación donde se sientan muchos intereses legítimos. Siguiendo el paradigma hegeliano, estas sociedades han transcendido la pugna estéril de la tesis y la antítesis para generar una síntesis superior: el pacto. Un pacto entre los que dirigen y los que obedecen, un pacto social que establece las reglas del juego, un pacto entre los diferentes partidarios de diferentes sensibilidades que renuncian a la imposición total para lograr una convivencia posible.
Precisamente, las tensiones violentas que reaparecen en nuestras sociedades son, en gran medida, el resultado de partidos que aleccionan a los votantes con soluciones dicotómicas, simplistas, fáciles de consumir y de publicitar.
Se nos presenta la política como una guerra entre el bien y el mal, entre «nosotros» y «ellos», donde no hay matices ni puntos intermedios. Esta lógica amigo-enemigo, en lugar de fomentar el diálogo, enciende la mecha del enfrentamiento. Y en medio de este fuego cruzado, se encuentran los ciudadanos que, en su inmensa mayoría, anhelan vivir sin estridencias ni violencia. Sueñan con un mundo donde los opuestos se den la mano y dialoguen, donde el debate sereno sustituya al grito.
Esos ciudadanos, comprensiblemente, miran con esperanza hacia ese supuesto «centro» que promete ser la casa de la cordura.
Pero ese centro no existe como partido. Lo que existen son formaciones que, en un momento dado, ocupan una posición más moderada en el continuum, pero que siguen defendiendo una visión particular de la sociedad. Un partido no puede ser «el centro» porque el centro no es una ideología, es una posición relacional.
Un partido que se define a sí mismo como de centro está, en realidad, aceptando la nomenclatura polarizadora que dice combatir. Está diciendo: «los otros están en los extremos, nosotros en el medio». Y eso, en una sociedad diversa, es tan solo una estrategia de marketing político.
Las Constituciones de las democracias modernas fueron diseñadas precisamente para evitar la tiranía de la mayoría y para forzar el acuerdo. Establecen mecanismos de contrapeso, de diálogo, de negociación. No están pensadas para que gobierne «el centro», sino para que los representantes de los muchos y los pocos encuentren normas de convivencia que sean útiles para el mayor número de personas posibles. La grandeza de la democracia parlamentaria no reside en la existencia de un partido que acierte a sintetizar todas las demandas, sino en la capacidad de los diferentes actores para tejer alianzas, para ceder en algunos puntos a cambio de avanzar en otros, para construir, en definitiva, un «nosotros» siempre imperfecto pero siempre perfectible.
Por eso y concluyendo: los partidos de centro o son una mentira o son un unicornio.
Una mentira cuando se presentan como la única opción razonable frente a la locura de los extremos, ocultando que ellos mismos defienden una posición concreta y a menudo excluyente.
Un unicornio cuando se sueña con una formación que recoja «lo bueno de los dos» como si la política fuera un menú donde se pueden combinar platos sin contradicción. La realidad es más compleja y más rica.
La democracia no es el reino de la armonía preestablecida, sino el arte de gestionar el desacuerdo. Y ese arte no requiere unicornios, sino ciudadanos y representantes dispuestos a sentarse, hablar y, sobre todo, escuchar.
